martes, 23 de agosto de 2016

Polvo de estrellas - relato

Está muerta. Mi madre. Polvo de estrellas. Es lo que siempre decía. Lo que somos. Lo que fuimos. Lo que seguimos siendo. Cuando todo ha pasado. Cuando ya no queda nada. Salvo nosotros. Como polvo de estrellas. Le gustaba esa expresión. Decía que era poética. Hermosa. Como el mundo. Antes de que fuera como es. Y como nosotros. Como los que somos de verdad. Salía en su primera novela. Lo del polvo de estrellas. Recuerdo cuando se publicó. La primera vez. Yo tenía diez años. La leí. No entendí nada. O solo algunas cosas. Lía Ayuso se parecía a ella. A mi madre. En algunas cosas. La filosofía. Las clases de filosofía. La literatura. La que le gusta a mi madre. Y a mí. Los problemas de sociabilidad. El mundo que la rodea. Su visión de la realidad. Había muchas cosas.

Llego al colegio. Entro en clase. Y les digo a todos que mi madre ha escrito un libro. Y que lo han publicado. Y que mi madre es escritora. A nadie le importa. A mí sí. Otra extravagancia más. Otra rareza. Lo que es mi madre para ellos. Rara. Para la gente del colegio. Para mis amigos del colegio. No es como las otras madres. No tiene sus números de teléfono. No desayuna con ellas. No va a sus fiestas. A algunas sí. Cumpleaños desproporcionados. Semejantes a celebraciones de boda. Recuerdo esas fiestas de cumpleaños. Y mis ganas de encajar. En ese lugar. Con esas amigas. Nunca lo conseguí. Por suerte. Mi madre estaba allí. Incómoda. Por mí. Siempre por mí. Y entonces yo ya no quería que me gustasen las mismas cosas que a aquellas niñas. Ya solo quería ser como mi madre. Y ya no me importaba ser rara. Me gustaba. Igual que ir a conciertos de rock. Y jugar con mi hermano pequeño a cosas de niños pequeños. Y tocar la guitarra con mi padre. Y seguir poniendo los dientes y las muelas bajo la almohada. Y abrir el regalo del ratoncito Pérez por la mañana. Y escribir relatos. Y leérselos a mi madre en voz alta. Es lo que soy. Lo que siempre fui.

Y después ya no hubo más fiestas de cumpleaños con las niñas del colegio. Ya no hubo más miradas. La mirada del otro. Mi madre siempre hablaba de la mirada del otro. La que hace daño. La que duele tanto. La que le dolió tanto durante tanto tiempo. Y después citaba de memoria párrafos enteros de El ser y la nada. La enfermedad de la memoria absoluta. Siempre bromeábamos con eso. Mi padre. Mi hermano. Yo. Lo recordaba todo. Fechas. Lugares. Situaciones. Conversaciones. Gente. Y las palabras de Sartre. Para consolarme. Para explicarme que no soy como los demás. Para enseñarme todo lo que la salvó de esa mirada. Todo lo que la rescató del artificio. Igual que a mí. Pero no fue Sartre. Ni Marx. Ni Freud. Ni los situacionistas. Ni los estructuralistas. Fue ella. Mi madre. Me lo enseñó todo. Lo que debía saber. Lo que quise aprender. Para vivir. Para sobrevivir en el mundo que hemos construido. Para resistir los envites del sistema. De este orden establecido. Para combatir la alienación. La que nos persigue. La que nos atrapa. A todos. En algún momento.

Polvo de estrellas. Una etapa espiritual. Ya no la abandonó. De repente me di cuenta de que algún día me iba a morir. Y mi madre. Y mi padre. Y mi hermano. Y mis abuelos. Y todos a los que quería. Y que ya ninguno de nosotros existiría más. Y me puse a llorar. Y angustia. Y vacío. Y entonces mi madre me habló del polvo de estrellas. Y del eterno retorno. Y del macrocosmos. Y el microcosmos. Y de su conexión. Y de Eros y Tanatos. Y del todo está en todo de Anaxágoras. Y de que la muerte forma parte de la vida. Y al revés. Y habló de nuestros ancestros. Y de los de todos. Y de su cosmovisión. Y de por qué para ellos la muerte no era algo terrible. Como lo es para nosotros. Y le pregunté por el cielo y el infierno del que hablaban mis amigas. Y me dijo que eso era cosa del Dios de mis amigas. Y que ella no creía en el Dios de mis amigas. Ni en el de los abuelos. Es el mismo. Ni en el de la mayoría de la gente. También el mismo. Aunque con distintos nombres. Y me explicó muchas cosas que no entendí bien. Ahora sí. Hace mucho que sí. Y me dijo que forma parte de nosotros llorar por aquello que perdemos. Pero nosotras no nos perderíamos. Nos reencontraríamos en algún lugar inconcebible. En algún estado diferente al que percibimos. En algún momento fuera del tiempo que entendemos. Como polvo de estrellas. Se inventó esa historia para que ya no hubiera más angustia. Ni vacío. Ni llantos. Y entonces dejé de llorar.

Nunca creyó en Dios. Ni en las religiones tradicionales. Las que todos conocen. Las que son el opio del pueblo. Las que oprimen. Las que castigan. Las que imponen. Las que controlan. Las que censuran. Las del poder. Las del miedo. Las del Libro. Las del Juicio Final. Las despreciaba. Me habló de todo eso. Y de por qué la gente cree en ellas. Me decía que todos necesitamos creer en algo. Para que tenga sentido. Tal vez no lo haya. Pero eso no importa. Lo buscamos igual. Existencia auténtica, decía. Como Heidegger. La espera de la muerte. Forma parte de nosotros. De la propia vida. Y volvemos a empezar. En un ciclo sin fin. En una fusión infinita. De todo. Entre todos. Interpretaciones de la realidad. Heidegger. Nietzsche. Heráclito. Epicuro. De las muchas que hay en la historia de la filosofía. Y de la religión. Me las explicó todas. Me quedé con la del polvo de estrellas. Y ella también. No se la creyó hasta el día en que la narró para mí. Como un cuento de hadas. Como algo mágico que cobra vida cuando se nombra. Como la creación. Como el arte. Son la misma cosa. Y ahora forma parte de la realidad que percibimos. De la realidad que creemos. Para que yo no sufriera. Para que no tuviese miedo. Para que creyera en nosotras. En todos nosotros. Para poder vivir. Y morir. Para ser polvo de estrellas. Como ella. Como yo. Como todos. 


Patricia Terino

martes, 7 de junio de 2016

Lidia -Relato


1996. Javi. Era amigo de unos amigos del instituto. Nos conocimos en un día de campo. Nos presentaron. Sus amigos y los míos nos concertaron otro encuentro una semana después. Me gustaba, así que seguí adelante. Salimos durante un par de meses. Después me dejó por mi mejor amiga. No me dijo eso. Solo que no funcionaba. No le dije nada. No pregunté nada. Solo dije que está bien, y que no pasa nada, y me marché.

Una semana después intentó quedar con mi amiga. Le dijo que no. Como siempre. Como a todos a los que gustaba, y con los que se reía, y a los que acariciba el pelo. Todos los que a mí me gustaban y que luego dejaban de hacerlo cuando los veía babear por sus tetas bien colocadas en aquel cuerpo tan pequeño. Lidia. Estuvimos juntas desde 1º de E.G.B. hasta 2º de B.U.P. En la misma clase. Siempre juntas en pupitres contiguos. Recuerdo que en 1º Lidia siempre lloraba. Quería irse con su madre. Eso decía todos los días. Y todos los días que lloraba su madre venía a recogerla y se la llevaba. Don José nunca le reñía. Solo llamaba a su madre y Lidia se marchaba con ella. Otros también lloraron al comienzo del curso. Pero nadie se marchó a su casa. Solo Lidia. Durante todo el año.

A partir de 2º nos hicimos inseparables. Y así fue hasta los dieciséis. A pesar de todo lo que sufría a su lado. Era guapa, y simpática, y le gustaba a todos, y todos la conocían. En el colegio y después en el instituto. Siempre ganaba esos estúpidos concursos de misses que se celebraban por carnaval. Y recibía más cartas que ninguna de nosotras el día de San Valentín en el instituto. Y le gustaba siempre a aquellos que me gustaban a mí. Y los que no me gustaban también la perseguían. Todos. Siempre ella. Siempre la preferían a ella. Y me dejaban por ella. Y Javi me dejó por ella. Como tantos otros por los que yo perdía la cabeza cuando éramos adolescentes, y a los que ella se acercaba especialmente, y se reía con ellos, y les hacía cumplidos, y les acariciaba el pelo, y luego les decía que no saldría con ninguno de ellos. Ninguno de todos esos por los que yo perdía la cabeza cuando era adolescente.

Y yo la quería. Era mi mejor amiga. Desde los siete años. Nunca tuve envidia de ella, extrañamente. Solo me sentía pequeña a su lado, e insignificante, y acomplejada, y absurda, con mis absurdas ideas, y mi timidez, y mi incapacidad para relacionarme con los demás como lo hacía ella. No le tenía envidia. Era cariño, y admiración, y agradecimiento.

En verano pasaba más tiempo en su casa que en la mía. Tenía un cuarto propio, un armario con un espejo enorme, un escritorio, muchos juguetes, aire acondicionado y un ordenador, que vi por primera vez en la realidad, allí, en su casa. Yo compartía habitación con mis hermanos, y hasta la propia cama con mi hermano pequeño hasta que me fui de casa. Mi armario era minúsculo, e igualmente compartido. Y sin espejo. No teníamos escritorio. Siempre hacía los deberes en el salón. No teníamos aire acondicionado. Cada noche sacábamos los colchones de las camas y los colocábamos en el suelo del salón, frente a la terraza. Era menos sofocante que las pequeñas habitaciones con pequeñas ventanas que teníamos. Y en mi casa no hubo ordenador hasta después de que yo me hubiese marchado de allí. 2001. Y entonces me iba a su casa. Y me olvidaba de la mía, y de los problemas de mis padres, y de los gritos, y de los reproches, y de los insultos, que nos despertaban muchas noches. Demasiadas.

Y comía en su casa. Y merendaba helado. Y jugábamos inventándonos interminables historias con las muñecas. Ella tenía muchas. Y muchos vestidos. Y muchos accesorios. Y montábamos una ciudad en su cuarto. Y nos íbamos tarde a la cama. Siempre jugando. Y cuando fuimos más mayores, hablando, y probándonos ropa, y maquillándonos, y escribiendo poemas empalagosos que luego nos leíamos, y bailando frente a su enorme espejo las coreografías que nos inventábamos, y cantando. Lidia tenía una grabadora. Solíamos grabarnos al cantar. Probábamos diferentes voces, y agudos, y formas de armonizar entre las dos. Y después lo escuchábamos, y nos reíamos. Ella cantaba muy bien. Estuvimos en el coro de la iglesia varios años. Siempre le daban todos los solos.

Y después de reirnos, y de haber comido pizza, que nunca había comido en mi casa, y más helado, que tampoco había en mi casa, nos íbamos a la cama. Y seguíamos riendo y hablando más tiempo. Con el aire acondicionado puesto. Y hacía frío. Y me parecía absurdo en pleno verano. Pero me tapaba y dormía agusto. Sin calor. Sin plantearme nada más. Sin discusiones que me despierten en mitad de la noche. Y dormía profundamente.

Hoy la he visto. Han pasado quince años. Teníamos veinte la última vez que  nos vimos. En un cumpleaños de alguien que no recuerdo. Lidia estaba allí. Y nos saludamos. Y charlamos. Y nos contamos cómo nos iba la vida. Yo acababa de independizarme. Con Angie. Alquilamos un piso pequeño en el centro. Ella conocía a Angie. No le gustaba Angie. Fue el primer año de instituto. Ya no pude separarme de ella. De Lidia sí. A los veinte ya no nos unía casi nada. Los recuerdos compartidos, supongo. Hacía tiempo que dejó de gustarme el maquillaje. Y la iglesia y su coro. Y la ropa de marca, fabricada en Asia bajo condiciones infrahumanas. Y la tecnología, que neutraliza nuestra conciencia, en el mejor de los casos. Y el etnocentrismo de nuestra cultura occidental. Y este mundo que hemos construido, que nos aleja de nosotros mismos. Y ahora estaba embarcada por completo en los documentos desclasificados de Chomsky, y en la poesía de Blake, y en el rock de los sesenta, y en los relatos de Bukowski, y en la filosofía. Estaba en tercero por entonces. Mucha filosofía para resistir al mundo real. Y Lidia me miraba. Y pensaba que estaba desequilibrada, supongo. Ya no teníamos nada de qué hablar. Nada que compartir. Un mismo mundo y realidades antagónicas.

Hoy nos hemos saludado. Y hemos charlado. Y nos hemos contado cómo nos iba la vida. La suya era tal como imaginábamos que sería desde que nos conocemos. La mía también, supongo. Se casó con un banquero, hijo de un director de banco. Una boda increíble, me dijo. Sin escatimar en lujos y ostentosidades. Me cuenta que vive en un chalet de trescientos metros. Más cochera. Más jardín. Más piscina. Más patio interior. Más buhardilla. Me cuenta los estúpidos detalles de cada una de las estancias de la casa. Me cuenta que tiene un par de hijos. Que viajan constantemente. Por trabajo y por placer. Que se dedica al asesoramiento de no sé que empresa de inversiones. Que son accionistas de no sé qué historia, de nuevo. En este punto mi mente ya había desconectado. Me enseña fotos de sus hijos. Guapos. Repeinados. Impolutos. Ni siquiera parecen niños.


Me pregunta a mí. Por mi trabajo. Por mi familia. Por cortesía, supongo. No por interés. Como yo no lo tengo por su estúpida vida artificial. Le digo que soy profesora de filosofía. Que he publicado cuatro novelas. Y dos antologías de relatos. Y numerosos artículos de crítica social y política. Y muchos trabajos sobre feminismo, y marxismo, y anarquismo, y seguidores del marxismo y del anarquismo. Y que vivo en el barrio judío de Cáceres. Con un tipo doce años más joven que yo. Y que era mi alumno en segundo de bachillerato. Y que es pintor. Y que ha expuesto su obra en varias galerías de arte con sorprendente e inesperado éxito. Y que no tenemos hijos. Y me dice que se me va a pasar el arroz. Y le digo que no hemos pensado en ello. Y me dice que él es muy joven, claro. Pero yo ya no tanto, y que eso es un problema. Le digo que no tenemos ningún problema. Y que los hijos vendrán cuando queramos y no cuando el sistema nos lo imponga. Y otra vez esa mirada. Igual que hace quince años. Pero más triste. Y resignada. Y atrapada. Ahora ya no me afecta. Ahora puedo mantenerla. Con convicción. Con seguridad. Con tranquilidad. Con paz. Con felicidad. Ella no es feliz. Y sigue pensando que estoy desequilibrada. Y ella no sabe que el desequilibrio es lo único que puede acercarnos a la felicidad. Y la embriaguez del arte, como diría Nietzsche. Y la locura salvadora de la poesía, como Hölderlin. Y la magia de la creación, como Alan Moore, como Borges, como tantos. Para rescatarnos cada día del vacío. Y del constructo. Y del artificio. Y del mundo de mi amiga Lidia. Pero ella no lo sabe.



Patricia Terino





sábado, 4 de junio de 2016

La terapia - Relato

Septiembre de 1986. Comienzo el colegio. 1º de E.G.B. Hay muchos niños. No conozco a nadie. Entra el maestro. Es viejo y da miedo. Muchos están llorando. Yo no. Solo les miro sin saber qué hacer, dónde sentarme, sin preguntar por qué lloran. No recuerdo haber llorado. Mi madre dice que solo lo hacía en la guardería, cuando tenía tres años. Nunca al dejarme allí. Solo a la salida, cuando esperábamos en el patio y veía llegar a mi madre. Tal vez fuera dolor, miedo, o angustia contenida durante las cinco horas que no estaba en casa, con mi madre. O quizás fuera porque volvía a casa. Con la tristeza de mi madre. Con mi hermano recién nacido. Con mi padre, al que apenas veía y del que poco sabía. Solo lo que mi madre contaba de él. No recuerdo haber llorado como dice mi madre. Solo recuerdo el camino hacia aquella guardería cada mañana, que se hacía eterno. Y las rejas marrones. Nada más. No recuerdo nada más. Pero el primer día de colegio sí.

Me senté con una niña. Vanesa. Aún recuerdo su cara. Y a ella. Y la impotencia. Y el llanto contenido. Los primeros de una larga lista. No solo llantos. Contenciones de toda índole. La primera vez que Vanesa me hizo llorar sin llorar fue porque siempre usaba mi goma de borrar. Aún recuerdo los pálpitos acelerados del corazón cuando un día me atreví a preguntar por qué lo hacía. Me dijo que si usaba su propia goma se gastaría. No dije nada más. Aguanté las ganas de llorar y seguí escribiendo las tablas de multiplicar. Siempre las tablas de multiplicar. Una y otra vez sobre el papel. Después las recitábamos. Hasta que no hubiera fallos.

Un día me llevé una muñeca pequeña a clase. Me la había regalado mi abuelo. No era una Barbie. Una burda imitación. Ni siquiera se le parecía. No era guapa. Su vestido parecía diseñado por una puritana de los años cincuenta. Tenía unos pies planos enormes. Pero entonces no percibía nada de eso. Era la muñeca que me había regalado mi abuelo. Y me gustaba cómo era. Con su vestido feo y con sus pies planos. La senté en mi pupitre mientras hacía los deberes. El maestro viejo que daba miedo me la quitó al pasar por delante de mi mesa. Me dijo que al colegio no se traen juguetes. Al colegio se viene a trabajar. Me gritó algunas cosas más que no consigo recordar. La guardó bajo llave en su cajón. Llanto contenido. Demasiados ya para tener solo seis años. No me la devolvió al salir. Mi madre fue a pedírsela al cabo de varios días. Le dio la razón. Me dijo que no se llevan juguetes al colegio.

El maestro viejo que daba miedo se llamaba Don José. Nos hacía rezar el Padrenuestro cada mañana al llegar a clase. No entendía nada. No sabía lo que era aquello, ni si resultaban apropiadas aquellas prácticas religiosas en un colegio público. Solo obedecía. Y aprendí aquella versión antigua del Padrenuestro después de varios días de repeticiones continuas. Nos castigaba constantemente. Nos golpeaba con una palmeta de madera. Nos agredía verbal y físicamente. Humillaciones y tirones de oreja y pelo. En segundo curso lo apartaron de la docencia. Se ha dado de baja por enfermedad, nos dijeron. No volvimos a verle. Aunque seguía siendo nuestro tutor y firmaba nuestros boletines de notas.

Recuerdo que me pegó con la palmeta de madera en una ocasión. Tampoco lloré entonces. Otro día me castigó de pie, de cara a la pared, durante todo el día. Las cinco horas de clase. Y otro día me llamó tonta y estúpida porque tenía la extraña manía de copiar en el cuaderno dos veces seguidas el enunciado del ejercicio.

Ahora tengo que reescribir esos recuerdos. Una versión distinta de todos ellos. Eso dicen en la terapia. Final feliz. O al menos satisfactorio. Sin inhibir las emociones. Ni la agresividad. Especialmente la agresividad. No lo consigo. Ni siquiera la imaginación lo consigue. Ni mi mente adulta. Recreo el escenario y vuelvo a actuar del mismo modo en que lo hice hace treinta años. La misma niña que me quita la goma. El mismo maestro que me grita, y me insulta, y me castiga de cara a la pared durante toda la jornada. Y yo misma conteniendo el llanto. Intentando escapar de ese aula. De esos niños. De ese lugar. De la vida. Como ahora.

Lo intento de nuevo. Otra vez el mismo escenario. La misma clase. El mismo maestro. La misma niña. Me quita mi goma de borrar. Cierro los ojos. Intento sentir lo que sentía entonces. No puedo actuar como quisiera. No puedo gritarle. No puedo pegarle. No puedo recuperar mi goma. Sí puedes, dice mi terapeuta. Hazlo. Y de repente siento la rabia, y la humillación, y las risas, y las burlas, y el llanto contenido. La agarro del brazo. Empiezo a apretarle. Más fuerte. La miro a los ojos. Puede que por primera vez. Le digo que me devuelva mi goma. Y que no vuelva a tocarme, ni a hablarme, ni a mirarme, ni a rozar mi pupitre. Empieza a llorar. Se ha meado encima. Hay un charquito bajo su silla. Sigue llorando. El maestro viejo que da miedo se acerca. Ya no da miedo. Me coge del brazo. Le digo que me suelte. Si me vuelves a poner una mano encima estás muerto, viejo cabrón, le digo. Y le miro fijamente. Y le sigo mirando. Y puedo mantener su mirada de desconcierto. Y entonces me suelta. Y vuelve a su mesa sin decir nada. Y se sienta en su silla. Yo me siento en la mía. Y escribo las tablas de multiplicar. Y Vanesa sigue sollozando con los pantalones empapados.

Abro los ojos. Despierto del estado de seminconsciencia inducido. Solo está Manuel. Enfrente mía. En la sala de la terapia. Ya está hecho, dice. Pero no ha sido real. No es lo que pasó. Solo un ejercicio más de dramatización. Expresión de emociones que tanto cuestan. No importa, dice. De esa mentira se puede descubrir la verdad. Sobre uno mismo. Sobre lo que se es en realidad. Sobre lo que se siente. Sobre lo que duele. Dice que ahora hay que pasar a los asuntos de verdad. Lo de la goma ya está superado. En esa realidad alternativa que acabo de sentir como si fuera auténtica. Cierra los ojos de nuevo, me dice. Y vamos al día en que tu padre se fue de casa.


Patricia Terino

miércoles, 27 de enero de 2016

El escándalo de la crianza natural

Desde la constitución de las nuevas Cortes hemos asistido a un sinfín de comentarios sobre el que parece ser uno de los hechos más sorprendentes e impactantes de este acontecimiento. Y es que es tanta la complejidad de las sociedades modernas y todas sus implicaciones, que nos hemos olvidado de lo que somos, y por eso el hecho de que un bebé acompañe a su madre a su lugar de trabajo se convierte en noticia destacada, o lo que resulta aún más insultante, en un hecho meramente anecdótico, según el enfoque general que ha recibido, trivializando así una realidad que afecta a tantas madres y familias en la actualidad.

La gran mayoría de medios, tertulianos, periodistas y actores políticos han mostrado su desaprobación ante este hecho, hablando de estrategia, de propaganda, de instrumentalización, de espectáculo incluso, con todas sus connotaciones peyorativas incluidas, pero en ningún momento se ha mencionado, ni atisbado siquiera, los beneficios que reporta para un bebé permanecer constantemente junto a su madre, perpetuando el vínculo que se creó entre ambos antes de su nacimiento y reforzándolo a través del contacto permanente, la lactancia a demanda o el colecho, entre otras prácticas habituales en lo que hoy se conoce como crianza natural o crianza con apego.

Este es el nombre con el que en los últimos tiempos hemos designado, no sin cierta redundancia, a la forma de crianza y de vida para la que nos ha programado nuestra naturaleza, igual que al resto de mamíferos, para poder diferenciarlas de otras prácticas, estas sí modernas, como gusta de autoproclamarse nuestra sociedad, dirigidas a instaurar toda una serie de crueles técnicas conductistas, popularizadas en didácticos programas de televisión, abalados por la sabiduría del doctor Estivill. Con ello se persigue, casi de manera enfermiza, la autonomía cada vez más temprana del individuo, incluso desde su nacimiento, forzando contranatura, y por ende modificando, las pautas naturales del sueño, la alimentación, el control de esfínteres e incluso el afecto y el amor.

Algunas de las voces más conocidas de las políticas progresistas y del feminismo que otros muchos y muchas parecen profesar, se han alzado contra este gesto, que independientemente de lo que pueda simbolizar o reivindicar, representa por encima de todo un acto de amor de una madre para con su hijo y en segundo lugar, una elección sobre el modo en que una familia, unos padres, una madre, decide criar a sus hijos, prescindiendo de los servicios que prestan las estupendas guarderías con las que contamos, siempre que las circunstancias lo permitan.

Se ha hablado de un gesto de retroceso para las mujeres por todo lo que hemos conseguido hasta el presente, sobrentendiendo tal vez que el hecho de que los padres y especialmente las madres deban renunciar a la lactancia, a la crianza completa y feliz de sus hijos e hijas o a su acompañamiento y aprendizaje, cada vez a edades más tempranas, durante sus primeros años de vida, supone un avance en nuestra sociedad, una auténtica liberación para la mujer, ahora que la sociedad nos proporciona la posibilidad de que nuestros hijos sean criados por otros, mientras el sistema inventa toda una suerte de sandeces en torno a la educación, como el llamado tiempo de calidad, representando una estrategia más de autojustificación y de disuasión frente a un problema que nuestra sociedad parece ningunear.

Muchos sectores del feminismo de la igualdad han dirigido sus críticas hacia el bando equivocado. La madres que abogan por permanecer con sus hijos en su lugar de trabajo siempre que sea posible, no representan una regresión a tiempos pasados ni un retroceso con respecto a los derechos legítimos conseguidos hasta el momento. Es precisamente la sociedad y el sistema que en ella hemos instaurado, la que ha abandonado a sus madres y no ha sabido comprender, gestionar ni mucho menos solucionar, la ambivalencia emocional a la que se ha obligado a someterse a las mujeres que han luchado y trabajado, no únicamente en su propia persona, sino también a través de las generaciones anteriores de abuelas y bisabuelas, entre ser reconocidas y valoradas en las actividades, motivaciones e intereses que les han sido negados por el sistema patriarcal durante milenios, y la maternidad libre y feliz de la que no todas las mujeres pueden disfrutar en la actualidad.

Es nuestra sociedad la que ha desamparado y desprotegido a las mujeres que deciden vivir la maternidad y la crianza de manera completa, obligándolas a  renunciar a intereses y motivaciones que, como sus hijos, también forman parte de su vida y de su felicidad. Es nuestra sociedad la que no ha comprendido aún el valor de la maternidad, no como competencia exclusiva de la mujer, sino de todos y todas. Es nuestra sociedad la que ha primado intereses de toda índole, despreciando los recursos que habría que destinar para hacer compatible la crianza con el ámbito laboral, siendo imprescindible para ello ampliar extensivamente las bajas por maternidad, los permisos por lactancia, garantizar los puestos de trabajo tras la incorporación, proporcionar guarderías y cuidadores en los lugares de trabajo para que los bebés pueden estar cerca de sus madres y padres durante la jornada laboral, con el fin de  contribuir con estos gestos a cambiar nuestra mentalidad, contaminada en exceso en este ámbito, para que dejen de escandalizarnos hechos como el que comentamos.

Estos recursos no suponen una pérdida, sino más bien una inversión, como gusta de expresarse nuestro sistema, puesto que los bebés felices de hoy, criados en contacto permanente con sus padres y especialmente con sus madres, serán las personas sanas, felices, comprometidas del futuro. Muchos de los problemas del ámbito social (fracaso escolar, delincuencia, falta de empatía, etc.) que asolan nuestro presente, tienen su origen en el desapego cada vez más temprano al que son sometidos los bebés, los niños, nuestros propios hijos, forzados a asumir una separación precoz para la que no están preparados, como no lo hemos estado nunca en nuestra especie.

No se trata de igualdad, concepto que, por otra parte, todos y todas reclamamos en los diferentes ámbitos de la sociedad, sino de comprensión y de compromiso. El único universo posible para un bebé es su madre como principal figura de apego, y ese papel no se puede delegar una vez que decidimos asumirlo. No es un retroceso, es solo escuchar un cada vez más silenciado instinto de protección, de cuidado, de crianza, que debe encontrar su encaje en el mundo que hemos construido y ser compatible con la lucha que las mujeres han mantenido, especialmente desde los dos últimos siglos, por el reconocimiento de la igualdad de derechos y oportunidades en el ámbito laboral, económico, social y cultural, entre otros. La maternidad y el derecho tanto de madres, padres e hijos a practicar la crianza de un modo natural, como nos han hecho olvidar, no es contraria a las reivindicaciones feministas, como parecen defender algunos sectores, sino más bien su aliada, propiciando, a través de los principios y valores que transmitimos a nuestros hijos e hijas, el auténtico viraje hacia la justicia, la igualdad y la solidaridad que buena parte de la sociedad reclama.

Nuestra sociedad debiera velar por que un hecho como este que nos ocupa deje de ser noticia para convertirse en la práctica habitual, deje de ser un privilegio, solo accesible a unas pocas madres y padres y se extienda a la gran mayoría de las familias, deje de ser motivo de crítica por parte incluso de los sectores más progresistas y feministas de nuestro entorno, para representar una oportunidad, una nueva (y ancestral) tendencia o práctica que pueda convertirse en la clave para instaurar un cambio de rumbo en nuestra sociedad.


Patricia Terino


jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Feminismo? en campaña electoral



Son muchos los que en estos tiempos convulsos y especialmente en los últimos días, inmersos en una campaña electoral histórica en nuestro país, hacen gala del feminismo que dicen profesar, o al menos de la defensa de la mujer, de su condición, de los ámbitos en los que se desenvuelve, de sus derechos legítimos que no solo se incumplen reiteradamente, sino que ni tan siquiera son contemplados en muchas ocasiones, con el fin de captar el voto femenino y de intentar sensibilizar a la población con discursos preparados y anclados en la obviedad de los hechos, de las situaciones y de las injusticias perpetuadas y sostenidas por el propio sistema que las creó.

Y aunque los programas electorales de los diferentes partidos incluyen sendos apartados dedicados a la causa feminista, nunca el propio concepto de feminismo y todo lo que él entraña ha sido tan denostado por la superficialidad de la que este adolece en boca de nuestros políticos, quienes al no atender a las raíces históricas, filosóficas y antropológicas del problema, desprenden a lo que se constituyó hace décadas como la segunda ola del movimiento feminista, de su propio origen, de su lucha, de su radicalidad, en el sentido etimológico y más ancestral del término, de su razón de ser, manteniendo dicha cuestión en un permanente desideratum de igualdad efectiva de derechos, oportunidades, trato, relaciones y hasta de la propia dignidad.

Entre las intervenciones políticas más recientes podemos escuchar las declaraciones dirigidas a prometer auténtica protección, así como alternativas habitacionales y económicas a las mujeres víctimas de la violencia machista; otros hablan de ampliaciones (insuficientes) de la baja por maternidad; otros se jactan de abanderar la lucha contra la desigualdad de género, instaurando medidas (de nuevo insuficientes) dirigidas a este fin; otros han tenido durante mucho tiempo la oportunidad de erradicar, mediante las leyes pertinentes, las diferencias injustas entre hombres y mujeres que perduran en el ámbito económico, laboral y social; otros pretenden eliminar el agravante, en términos judiciales, por violencia machista, en aras de la paridad que proclaman, olvidando que el calificativo machista lo referimos a un tipo de violencia muy determinada, aquella que responde a una ideología incrustrada en lo más profundo de nuestra sociedad, manifestando consciente o inconscientemente, la supremacía del hombre sobre la mujer a través de la fuerza física. Por ello, normalmente no se trata de un tipo de violencia generalizada en el agresor, de una actitud o tendencia natural en su carácter, sino de la expresión más terrible de los principios y valores que el sistema patriarcal ha infundido en nosotros y por tanto, así ha de ser reconocida y distinguida jurídicamente.

Es precisamente este concepto, el patriarcado, el gran olvidado en los discursos políticos de los partidos que pretenden erigirse en los grandes conquistadores de la igualdad de género, ignorando por completo el hecho de que tal objetivo resultará meramente ilusorio mientras el orden patriarcal, con todos sus principios de subordinación y jerarquización asociados al mismo, impere en todos los ámbitos de la sociedad y la cultura que hemos construido. Esta cuestión solo mereció una breve mención por parte del candidato de Unidad Popular, Alberto Garzón, en un debate mantenido con el resto de fuerzas políticas, donde en horario de máxima audiencia, pronunció la palabra patriarcado para referirse a la opresión y al sometimiento que en muchos ámbitos de la vida siguen padeciendo las mujeres, a pesar de las conquistas conseguidas.

Pero es insuficiente, y seguirá siéndolo mientras nuestros hijos, nuestros alumnos y las generaciones venideras continúen desconociendo el sentido y el significado de este concepto y todo lo que entraña; mientras nuestros políticos enarbolen la bandera del feminismo traicionando los valores primigenios de este, su capacidad crítica y activa; mientras no incorporen en sus discursos la idea del ya clásico feminismo de la igualdad acerca de la construcción cultural del género; mientras sigan ensalzando a través del concepto corrompido de mujer, todos los valores y aspectos que le han servido a estos milenios de vigencia patriarcal para justificar la supremacía de un sexo sobre otro.

Simone de Beauvoir, máxima exponente del feminismo filosófico, comenzaba la segunda parte de su obra más célebre, El segundo sexo, afirmando que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Yo me permito la licencia de matizar, como lo hizo Beauvoir en algunas ocasiones, que no se nace mujer u hombre en el sistema patriarcal, sino que es este mismo sistema el que nos convierte en tales, según su propio interés y conveniencia, atribuyendo una serie de caracteres, actitudes, roles, tendencias y valores para cada uno de los sexos, convirtiéndolos así en géneros, justificando la subordinación de uno con respecto a otro en base a esas diferencias creadas y construidas de manera artificial.

Pero no escuchamos discursos en los que nos hablen del origen del patriarcado y mucho menos del sistema que le precedió, donde las diferencias entre sexos se reducían a las estrictamente fisiológicas, donde lo masculino y lo femenino, en el sentido más auténtico y ancestral de los términos, se fundían en un mismo ámbito de relación, de respeto, de interacción, donde la figura de la madre se veneraba como pilar fundamental de la comunidad. En lugar de ello, nuestros políticos ofrecen protección a las mujeres agredidas (por otra parte, medida que todos abrazamos) sin profundizar en las causas, sin la educación adecuada, sin conocer nuestra historia y la del sistema imperante, condiciones necesarias para al menos plantear la inversión del orden establecido. Nuestros políticos amplían de manera ridícula la baja por maternidad o proponen que dicho permiso sea intransferible entre madres y padres, lo que en mi caso, siendo votante de Podemos (partido que populariza esta medida), me resulta absolutamente insuficiente cuando el papel de la madre se encuentra más denostado que nunca en nuestras sociedades occidentales.

El paso del matriarcado al patriarcado trajo consigo la opresión y la subordinación a la que fue sometida la mujer; trajo consigo la persecución de aquellas que se resistieron a someterse a los yugos impuestos por el nuevo orden; trajo consigo la tortura y la muerte de aquellas que mantuvieron su vínculo con la naturaleza y con los conocimientos ancestrales, tachándoles de brujas y de herejes; y trajo consigo al propio sistema capitalista, que tal como relata Silvia Federicci en su obra Calibán y la bruja, se ha convertido en el mejor aliado del sistema patriarcal por las propias bases de subordinación, jerarquía, desigualdad y crecimiento infinito a costa de la opresión de la gran mayoría de la población mundial, sobre las que se sustenta el capitalismo. Y el capitalismo acentuó un ya maltrecho concepto de mujer construido por nuestra cultura, al que hemos de enfrentarnos cada día; y nos hizo olvidar lo que una vez fuimos, lo que una vez sentimos; y nos hizo valorar la competitividad, la eficacia, la eficiencia, la astucia, en detrimento de la solidaridad, de la cooperación, del compañerismo y de la propia maternidad, a la que renunciamos, retrasamos o no disfrutamos en aras de la consecución de los objetivos y espectativas que nuestro sistema nos impone y que asumimos consciente o inconscientemente.

Pero ninguno de nuestros políticos hablan de la maternidad en estos términos, ni de su importancia para el propio movimiento feminista, al que parece que todos se suman en período electoral. Ninguno parece concebir el hecho de que una sociedad que respeta, valora, ayuda y cuida a sus madres dará lugar a madres felices que críen felizmente a sus hijos e hijas y los conviertan en los ciudadanos felices del futuro, comprometidos, capaces de construir una sociedad verdaderamente justa e igualitaria, donde los derechos salariales de las mujeres son respetados, así como permisos, excedencias, lactancia, flexibilidad, conciliación, invirtiendo los valores de un sistema injusto que ni siquiera se nombra de modo habitual. La consecución de las reclamas más básicas y pertinentes (e históricas) de la ciudadanía (pan, techo, trabajo y dignidad), pasan por la erradicación en primer lugar del sistema patriarcal, cuyas bases sustentan la larga cadena de injusticias perpetuadas en nuestro mundo.

El feminismo no es, como muchos políticos nos transmiten, buenas intenciones y palabras dirigidas a las mujeres. El feminismo supone lucha, crítica, esfuerzo, toma de conciencia, educación, historia, la historia que no nos suelen contar; es agradecimiento a las que nos precedieron, por lo que consiguieron y por lo que no les permitieron, por su legado y por su ejemplo; y es maternidad libre y con garantías del respeto y el valor que se merece, porque sin esas madres primigenias que amamantaron a sus hijos, que se privaron de alimento para ofrecérselo a sus crías, que huyeron de las fieras con ellos en brazos y les protegieron con su propia vida, que nos legaron su instinto, hoy perdido en buena medida, no estaríamos hoy aquí reclamando a nuestros políticos y a la sociedad la dignidad que un día se nos arrebató y que hemos de recuperar.


Patricia Terino

viernes, 6 de noviembre de 2015

Filosofía, feminismo y magia en Alan Moore

"El hombre es un dios cuando sueña", decía Hölderlin por boca de Hiperión, uno de sus personajes literarios más conocidos. Y Alan Moore comparte esta idea, incorporando además, el concepto de magia (en el más ancestral sentido del término) del que está imbuida toda su obra.

Alan Moore
La creación no solo nos equipara a los dioses, sino que nos convierte en ellos. Moore rescata las viejas e inevitables pretensiones humanas de inmortalidad y de trascendencia para plasmarlas en sus obras a través de sus personajes, valiéndose de recursos que a menudo han sido marginados o ignorados por buena parte de la filosofía occidental. La inmateria de Promethea, el cielo azul de La Cosa del pantano o el erotismo mágico de Lost girls, son solo algunos ejemplos de los intentos de Moore por acercarnos a otros planos de la realidad a través del arte, de la imaginación o de nuestras propias pulsiones y deseos, elementos repudiados en gran medida por el academicismo tradicional como elementos portadores de conocimiento sobre nosotros mismos y sobre el mundo que nos rodea.

Nietzsche

Son muchos los que han señalado la influencia de Nietzsche en la construcción de los personajes y situaciones desarrolladas en la obra de Moore. Los conceptos nietzscheanos de superhombre o de voluntad de poder, así como la preeminencia en muchas ocasiones del nihilismo o las posiciones que se sitúan más allá del bien y del mal, están presentes en muchos de sus personajes más emblemáticos.

El Doctor Manhatan es una personificación de aquel nuevo hombre que ha sido capaz de llevar a cabo la transmutación de valores de la que habla Nietzsche, superando la decadencia propia de los principios occidentales transmitidos por la tradición; Rorschach oscila entre la ambivalencia propia de los dos tipos de nihilismo estudiados por Nietzsche, poniendo de manifiesto problemáticas filosóficas actuales como el concepto de máscara, analizado por otra parte, por estudiosos de Nietzsche de renombre como el postmoderno Gianni Vattimo, o cuestiones como la construcción del artificio, la vía hacia la deshumanización o el malestar ante la cultura y la civilización edificadas, problemas analizados desde el estructuralismo, el psicoanálisis o la postmodernidad, entre otras corrientes de pensamiento; y la Cosa del Pantano se ubica más allá del bien y del mal, en un plano donde el Ser es fruto de una interacción perfecta entre conciencia vital y naturaleza.

F. Nietzsche
Pero a pesar de todos estos paralelismos existentes entre los conceptos fundamentales de la filosofía de Nietzsche y algunos de los personajes de Moore,  puestos de relieve por muchos expertos, es poco habitual referirse a la relación que guardan entre sí las ideas (de digno calado filosófico) que nuestro autor plasma a través de sus obras, y la auténtica visión de la filosofía que defiende Nietzsche.

No en vano, el filósofo alemán critica duramente el llamado paso del mito al logos, didáctica expresión a través de la cual se nos explica de manera superficial en demasiadas ocasiones, el inicio de la filosofía occidental. Y denuncia precisamente todo lo que encierra esta célebre expresión porque el logos hace referencia habitualmente a un modelo determinado de filosofía, concretamente a la occidental, cuyos parámetros para identificar qué pensamientos o ideas son dignas de calificarse como filosóficas, desprecian por lo general, facultades o cualidades humanas que nos conducen legítimamente al filosofar, pero que desgraciadamente no forman parte del corpus doctrinal que la tradición ha considerado auténtica filosofía.

Para Nietzsche, la verdadera filosofía, aquella connatural al ser humano, aquella que no se aprehende a través de los libros y los manuales, aquella que forma parte de nosotros mismos, de nuestra consciencia y de nuestra inconsciencia, poco tiene que ver con el concepto que encierra el logos y con la sistematización que ha hecho Occidente del pensar.


Filosofía es ante todo, libertad, es despliegue de nuestro espíritu, de nuestro interior, a través del mundo, a través de lo que nos sorprende, lo que admiramos, lo que nos conmueve. Por eso para Nietzsche, la filosofía es arte, es poesía, es instinto, es deseo, es locura, es imaginación, y no podemos limitarla por la palabra, por el lenguaje, en cuya trampa estamos todos habitualmente abocados a caer.

La filosofía necesita expresarse a través de los medios que tradicionalmente han sido vetados por la tradición, quizás demasiado temerosa de descubrir a la humanidad el auténtico potencial de nuestra mente, de nuestra conciencia, de nuestro mundo interior.

La filosofía, y con ella la metafísica, su más alta expresión, han estado relegadas a  un sistema de categorías, de principios, de primeros principios, sobre los que solo unos cuantos privilegiados a lo largo de su historia en Occidente, han podido reflexionar construyendo, a su vez, otros sistemas, encerrando las ideas bajo nuevos conceptos, ciñéndose al paradigma determinado, con las matizaciones propias de cada etapa y corriente filosófica, desde sus inicios occidentales en la Grecia clásica.

Filosofía de la sospecha

Nietzsche rompe en cierto modo con esa tendencia sistematizadora y explora otros mecanismos para acercarse al Ser, como diría Heidegger, distintos de los empleados por las doctrinas que nos habían enseñado. Y no solo con Nietzsche la filosofía adopta nuevas perspectivas, abriéndose al mundo real, sino que también Marx y Freud contribuyen a esta labor, cada uno desde su campo de estudio y sus intereses, conformando lo que conocemos como Filosofía de la sospecha, sospechas y recelos que se vierten sobre esas tradiciones de las que hablamos y el modo en que nos han sido transmitidas.

Gracias a estos pensadores que cuestionaron tanto el concepto de filosofía tradicional como el papel que esta había jugado hasta entonces en nuestra historia, la filosofía comienza un  nuevo camino en que el puede expresarse a través del arte, de la literatura, de la música (1), y de las actitudes que nos conducen  a manifestar nuestro mundo interior a través de ellas.

Alan Moore se sirve de todos estos elementos que el pensamiento occidental había marginado, para expresar a través de ellos las inquietudes y reflexiones que han acompañado al ser humano desde sus orígenes.

Adopta el concepto de filosofía defendido por Nietzsche, y la identificación de la misma con la pasión, con la locura, con la magia, como diría el propio Moore, para manifestarla a través de la imaginación, de lo inmaterial, como ocurre con Promethea, a través del mundo del inconsciente, o de lo transconsciente podríamos decir, como también queda de manifiesto a lo largo de la saga La cosa del pantano, e incluso explora el instinto de libertad del que muchos pensadores aseguran está dotado el ser humano, en V de Vendetta, donde analiza desde una óptica crítica los sistemas de poder que de un modo más o menos explícito invaden nuestro mundo actual, para poner de manifiesto la necesidad natural de la ciudadanía de rebelarse contra la opresión, haciéndolo en este caso a través de un personaje cuyo poder no es el de los más emblemáticos superhéroes de los cómics clásicos, sino uno más importante si cabe que el que poseen todos ellos: devolver al pueblo la consciencia de sí mismo que el sistema se encargó de arrebatarle (2).


V de Vendetta representa en este caso, a esa filosofía de la sospecha más crítica con el orden establecido, pero también a otras corrientes de pensamiento que siguieron esa estela en el S.XX, como la Escuela de Frankfurt, cuyos principales representantes se esforzaron por transmitir a la ciudadanía un espíritu crítico que el capitalismo se estaba encargando de hacer desaparecer a través de diferentes mecanismos (3). Y esa tarea enlaza con la que lleva a cabo el personaje de V en la obra de Moore, quien encarna algunos de los más importantes principios anarquistas en su búsqueda de la libertad individual y colectiva, dotándolos de un carácter épico y romántico, propio del período decimonónico en el que dicho movimiento se gesta con relevancia.

Feminismo

Esta crítica  a la sociedad desde diferentes perspectivas, tanto a los sistemas de control y opresión como al abandono de muchas de nuestras cualidades más primigenias, consecuencia, por otro lado, del constructo edificado en torno a dichos sistemas, no podía excluir al feminismo como movimiento y como filosofía impresecindible para la comprensión del pensamiento crítico.

Por ello, especial atención requiere el tratamiento que de la figura de la mujer hace Moore en sus obras, donde lleva a cabo una pretendida revalorización de la misma. Consciente del poder mágico que encarna lo femenino y sensible al yugo patriarcal al que las mujeres siguen sometidas en muchos ámbitos de su vida, Moore recupera para sus personajes femeninos la fuerza, el coraje, la lucha y el placer sexual que el sistema silenció y eliminó en muchos casos para la mujer, identificándola exclusivamente con la debilidad y la subordinación.

Una de las situaciones narradas por Moore que mejor expresa esta condena a la que ha sido sometida la mujer durante milenios es la descrita en "La maldición", el número 40 de la saga La cosa del pantano. En este caso, se vale de la simbología del lobo y su relación con la Luna y lo femenino, para expresar la ira contenida de una mujer que alberga dentro de sí toda una herencia de opresión, manifestada a través de un inconsciente colectivo que la lleva a recuperar su lugar en el mundo. La licantropía simboliza la transformación que la mujer lleva a cabo para desprenderse de los arquetipos que el patriarcado ha creado para conformar y después corromper el propio concepto de mujer; simboliza la recuperación de lo que una vez fue la mujer; simboliza la liberación.


"Su rabia, envuelta en sombras, contenida, sin pronunciar. Su boca es una herida roja. Sus ojos, hambrientos... observan la luna..."

El papel de la mujer se magnifica en obras como Promethea, cuyo personaje es erigida en diosa, heroína y salvadora del mundo, y convertida en puente entre la materia y la inmataria; Evey Hammond recoge el legado revolucionario en V de Vendetta; Mina Murray es la auténtica líder en el grupo que componen La liga de los hombres extraordinarios; las víctimas de Jack el Destripador son tratadas desde una perspectiva poco convencional en la recreación que Moore hace de dicha historia en From Hell; Janni, es digna sucesora de su padre, el capitán Nemo, luchadora, guerrera y madre abnegada; y por último, por citar solo algunos ejemplos, las protagonistas de Lost Girls, invierten los papeles que tradicionalmente los cuentos de hadas y princesas han asignado a la mujer. Los ya clásicos personajes de Alicia, Wendy y Dorothy muestran en esta colección erótica la transformación que experimentan desde la represión a la deshinibición, de la tristeza al disfrute, de la subordinación a la liberación.


La mujer se convierte en la obra de Moore, en portadora de todos aquellos elementos mágicos que hacen posible la creación, la transformación, la conciencia y la inconsciencia que nos traslada a otros planos de la realidad, y la trascendencia a la que todos aspiramos. Y al mismo tiempo, encarna de nuevo la crítica a una sociedad, a un mundo que ha excluido durante demasiado tiempo a sus mujeres de él, por lo que en la obra de Moore, a través de sus análisis y del tratamiento que hace de las situaciones y los personajes, se intuye la urgencia de transformación e inversión, incluso, de los valores, principios, actitudes y comportamientos que han contribuido a crear el mundo "moderno" que habitamos en la actualidad.

Magia

"En el principio era la magia. Los reinos de lo invisible y lo visible se fundían en una misma realidad. Bailaban un mismo vals: el vals de la totalidad. Todo pertenecía a un mismo conocimiento. Las estrellas habían descendido a la tierra y la tierra ascendido al confín de los cielos. Hombres y mujeres, a través de complejos sistemas de creencias, buscaban a su alrededor las claves para descifrar su propia existencia (...). Las deidades existían porque creían en ellas..." (4).

En 1993, al cumplir cuarenta años de edad, Alan Moore declara su intención de convertirse en mago, hecho que produjo asombro y desconcierto en buena parte de sus seguidores, especialmente para aquellos no familiarizados con el concepto de magia en su sentido más primitivo y ancestral, tal y como es empleado por Moore.

Para muchos otros, tal declaración solo vino a constatar la coherencia interna de la relación existente entre un creador y su obra. Así lo demuestran algunos de sus trabajos anteriores a su conversión definitiva a la magia, como La cosa del pantano, donde explora la trascendencia a través del poder de la conciencia vegetal, identificando a su protagonista con el propio Dios al asumir las cualidades propias que tradicionalmente le han sido asignadas, como la inmortalidad, la bondad o la omnisciencia. Pero tales atributos divinos culminan en el poder de la creación, representado de manera magistral en el número 56 de la saga titulado Mi cielo azul, donde movido por un acto de amor infinito, construye un mundo para su amada, a quien crea a partir de sus propios recuerdos.


Más cercano al Demiurgo platónico en su condición de arquitecto del mundo, que al Dios bíblico con su creatio ex nihilo, La cosa del pantano reproduce en este número el acto mágico por excelencia: la creación, la manifestación del mundo interior, para acabar padeciendo el horror y la desesperación divina de la soledad, por lo que su salto al vacío del abismo le acerca de nuevo a una condición humana de la que ha quedado imbuido, manifestando divinidad y humanidad en una misma figura.

Y precisamente en la fluctuación entre lo humano y lo divino se sitúa el número 48 de esta saga, Un nido de cuervos, donde se pone de manifiesto otra de las grandes influencias en la obra de Moore, inspirándose en ella para dar forma a la magia ancestral: Castaneda y sus Enseñanzas de Don Juan.

La exploración de otros planos de la realidad y de nuestra propia consciencia que Don Juan lleva a cabo en las experiencias relatadas por Castaneda, se reflejan con fuerza especialmente en este capítulo de La cosa del pantano, donde el propio ser sufre las transformaciones adecuadas para percibir todo aquello que habitualmente el mundo exterior no nos permite explorar.

Por otra parte, en 1993, el mismo año en que Moore declara abiertamente su interés por la magia y su intención de dedicarse plenamente al estudio de la misma, comienza a trabajar en la que sería una de sus obras más complejas, From Hell, donde bajo la recreación de los crímenes de Jack el Destripador como trama principal, subyace una temática repleta de ocultismo, simbología, masonería, toda una suerte de filosofía y conocimiento solo para iniciados y un concepto fundamental para intentar comprender nuestro vínculo inconsciente con determinados lugares, lugares de poder y la energía que estos desprenden, atrapándonos en ellos, donde no ha lugar para la lógica o la razón tal como la conocemos y se nos ha transmitido: la psicogeografía.


From Hell representa un claro ejemplo del camino seguido por Moore desde su conversión a la magia y su interés por las ciencias ocultas y los conocimientos ancestrales transmitidos a aquellos preparados para este fin. Y adentrarse en el concepto de psicogeografía que Moore retoma de otros pensadores y adapta a sus fines, supone acercarse a todos esos saberes que preservan y guardan los que han tenido acceso a ellos.

El cuarto capítulo de From Hell hace honor a este fin, descubriendo los lugares de poder de la ciudad de Londres, donde hace un recorrido por las grandes iglesias, pilares, santuarios y obeliscos, reservando los grandes significados a la magestuosa St Paul, heredera del mismísimo templo de Salomón, y cuya disposición y situación en absoluto resultan baladíes, sino que está colmada de historia y de sentido.

Promethea es, por excelencia, una de las obras que rinde culto con mayor intensidad al concepto de magia defendido por Moore. Tarot, cábala, materia, inmateria, demonios, diosas, imaginación, simbología, trascendencia, creación, se funden en una misma obra, cuyas raíces argumentales se remontan a la ancestral lucha entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, presentes en cada mito, cada religión, cada cultura, cada civilización, revalorizando en este caso, el poder de la mente humana para trascender, para explorar otros planos, para percibir  aquello que no nos es dado a través de nuestros sentidos.


Promethea representa un viaje hacia nosotros mismos, hacia nuestro propio interior, invitándonos a descubrir lo que en él habita, lo que todavía perdura como herencia de nuestros ancestros, de aquellos que aún no habían roto el vínculo con sus mundos.

Aunque sin duda, la obra que compendia de un modo más claro la visión que Moore tiene de la magia, remontándola a sus orígenes chamánicos, es Ángeles Fósiles, un estudio acerca del propio concepto de magia en su sentido más primigenio, escrito en 2002 y publicado en castellano en 2014 por La Felguera.

En dicha obra Alan Moore acude a los grandes magos y ocultistas de la historia que de algún modo, han ejercido influencia sobre su visión del mundo y de la realidad. John Dee, Edward Kelly, Austin Osman Spare, McGregor Mathers, Eliphas Lévi, Madame Blavatsky o Aleister Crowley son solo algunas de las referencias a las que se alude en la obra, en cuya estructura interna no ha de faltar el análisis y la reflexión que Moore lleva a cabo en torno a la cábala, la alquimia, gnosticismo, masonería, templarios, rosacruces y toda una suerte de simbología adscrita a ello, solo cognoscible para los iniciados.

Moore expone a lo largo de la obra la idiosincracia propia de la magia y las razones por las que esta no debe ser equiparada a la religión ni tampoco a la ciencia.

"La magia no puede ser nunca una ciencia tal como hoy en día se define "ciencia", es decir, como algo totalmente basado en unos resultados susceptibles de ser repetidos en el seno del mundo material y mensurable. Sin embargo, al confinar sus intereses por completo en el mundo de lo material, la ciencia automáticamente pierde toda posibilidad de hablar del mundo interior e inmaterial que de hecho constituye la mayor parte de nuestra experiencia humana. La ciencia es tal vez la herramienta más eficaz que la conciencia humana ha desarrollado nunca para explorar el universo exterior, y sin embargo ese pulido y sofisticado instrumento de escrutinio se ve lastrado por un mayúsculo punto ciego, que es el hecho de que no puede examinar la conciencia en sí" (5).


Pero sí hay un ámbito propio donde la magia se desenvuelve con naturalidad, identificándose incluso con él: el arte y con este, la creación. Volvemos así al inicio de estas líneas, donde hablábamos de la frontera diluida entre lo humano y lo divino a través de la creación a la que nos conduce el arte, erigiéndose en un acto mágico y trascendental. 

En este punto, Moore retoma de nuevo la filosofía nietzscheana y su concepción sobre el arte para aplicarla a su propia visión e identificación de este con la magia. Nietzsche defiende la embriaguez del arte y del artista, defiende la irracionalidad del arte, la pureza del arte cuando recorre y exalta lo más profundo de nuestro ser; defiende la magia del arte y su capacidad, a través de la creación, para acercarnos  a lugares desconocidos de nuestra propia mente; defiende el arte por el arte.

Pero ni siquiera Nietzsche o el propio Moore son pioneros en esta concepción del arte y su vinculación a la magia, sino tan solo retomadores y reivindicadores de una tendencia que ha estado presente a lo largo de la historia desde nuestros orígenes. El arte, y sus manifestaciones primigenias a través de la música y la danza, era concebido por nuestros ancestros como un puente tendido entre la realidad física y la metafísica o supramental; era el modo natural de trascender y explorar otros planos del mundo que habitamos; era el elemento a través del cual nuestro espíritu quedaba al descubierto para ser enriquecido mediante la catarsis, purificación o liberación a las que ha estado siempre vinculado el arte en el proceso de la creación y de la recreación en la contemplación de la obra.

Y así continúa siendo, a pesar de los intentos del sistema artificial que hemos construido en torno a nuestro mundo actual, por ocultar o silenciar esta capacidad mágica del arte, adaptándolo constantemente a unos determinados patrones y convencionalismos, industrializándolo, sometiéndolo a las directrices capitalistas de la oferta y la demanda, apartándolo de su auténtica naturaleza (6).

Desde el estricto ámbito de la filosofía, no solo Nietzsche reclama al arte como salvador de nuestro mundo interior. Pensadores de la talla de Heidegger han hecho del arte y de su capacidad para conocer más allá de nuestra percepción sensible, tesis fundamental de su pensamiento. El arte, en su manifestación poética concretamente, es para Heidegger, un modo de acceder al Ser en su búsqueda constante del mismo.

M. Heidegger
Así lo expresan también muchos de los artistas que representan los principales movimientos de vanguardia a comienzos del siglo XX, donde la filosofía, especialmente en su vertiente metafísica y gnoseológica, está ineludiblemente presente. Kandinsky, padre de la abstracción plástica, lo hace en De lo espiritual en el arte, obra digna de incluirse entre los grandes tratados de filosofía por las importantes aportaciones que lleva  a cabo en la reflexión sobre el arte y su vínculo con la metafísica.

"Sus ojos abiertos deben mirar hacia su vida interior y su oído prestar siempre atención a la necesidad interior. Entonces sabrá utilizar con la misma facilidad los medios permitidos y los prohibidos.
Este es el único camino para expresar la necesidad mística.
Todos los medios son sagrados si son interiormente necesarios.
Todos los medios son sacrílegos si no brotan de la fuente de la necesidad interior (...)
En el arte todo es cuestión de intuición (...) Aun cuando la construcción general se puede lograr mediante la teoría pura, el elemento que constituye la verdadera esencia de la creación nunca se crea ni se encuentra a través de la teoría; es la intuición quien da vida a la creación" (7).

Several Circles, 1926. V Kandinsky
André Breton encauza al arte por senderos desconocidos hasta entonces, como desconocidos eran y siguen siéndolo hoy, muchas regiones de nuestra mente, donde se ampara precisamente el poder de la creación artística y su vínculo con el inconsciente humano, donde reside todo lo irracional, lo instintivo, lo incomprensible, lo místico, lo mágico.

"Amada imaginación, lo que más amo en vos es que jamás perdonas"... (8).

El arte ha sido refugio legítimo para muchos escritores, literatos, poetas, músicos, pintores, escultores y artistas de toda índole, que ante la imposibilidad de afrontar el mundo real en toda su crudeza, acudieron al poder de la creación a modo de bálsamo. Pero en esa huida del hecho irrevocable de la muerte, sobre la que todos tomamos verdadera conciencia en un determinado momento de nuestra vida, el arte y la creación a la que este nos conlleva, en su intento de amparo y consuelo, nos descubre otras de sus cualidades, además de las curativas; nos conecta a la trascendencia que buscamos y nos concede, a través de la obra creada, la inmortalidad que añoramos. El arte se convierte en magia y nos muestra lo que somos en los diferentes planos de la realidad, en las diferentes realidades.

Lovecraft, Poe, Goethe, Borges, Blake, Wagner, Magritte, Duchamp o Ernst son solo algunos ejemplos en nuestra historia contemporánea de la manifestación de este sentido más desconocido y silenciado del arte y sin embargo presente en todos los períodos históricos que ha vivido la humanidad.

J. L. Borges
Pero este empleo del arte, de la creación y de sus facultades trascendentales y cuasidivinas, no han sido competencia exclusiva de artistas, músicos y poetas, sino que incluso aquellos que han ostentado el mayor rango de poder sobre la ciudadanía, han sabido reconocer en el arte el sentido y significado ocultos tras la obra y la capacidad de esta para imbuirnos de divinidad, para conectarnos con otras esferas de la existencia, para convertirnos en dioses.

Hitler empleó todos los medios técnicos, económicos y armamentísticos para encontrar la Lanza sagrada de Longinos, creando incluso durante su mandato un ministerio destinado a asuntos esotéricos y ocultistas. Sabemos del reconocido valor espiritual que poseían para él ciertas obras de arte, de ahí el expolio que llevó a cabo de muchas de ellas. Especialmente significativa era la música, sobre todo la de Wagner, en quien se inspiraba para redactar sus discursos y disponer las diferentes estrategias bélicas.

Napoleón insistió en pasar una noche encerrado en la gran pirámide de Keops; Felipe II construyó El Escorial para erigirlo en el nuevo Templo de Salomón e hizo colocar El jardín de las delicias en su alcoba para acompañarle en el momento de su muerte, a modo de umbral a través del cual acceder a la realidad trascendente; Pedro I intentó trasladar a su residencia en el Alcázar de Sevilla una columna hecha de auténtico granito egipcio, parte de un antiguo templo en época del emperador Adriano.

El jardín de las delicias, El Bosco
El arte y su capacidad para convertirse en portal hacia la trascendencia, hacia el plano espiritual e inmaterial, ha sido empleado en este sentido a lo largo de nuestra historia, aunque sus secretos, durante al menos los cinco últimos milenios, han sido patrimonio de aquellos que ostentaban  el poder.

Alan Moore devuelve a la magia del arte y de la creación su sentido más primigenio tal como lo entendieron nuestros ancestros, y defiende su disfrute para todos, en un intento por despertar las conciencias al mismo tiempo que reclama la libertad de la inconsciencia y de la irracionalidad, de la intuición, de la magia que habita en nosotros y que lleva silenciada demasiado tiempo. Ardua pero legítima tarea en un tiempo en el que el vínculo entre nosotros y nuestro mundo interior, nuestras raíces, nuestro espíritu, se encuentra roto casi por completo. Aunque "en el principio era la magia", decía Servando Rocha, y esa magia no se agota...


Patricia Terino


Notas:

  1. Prueba de ello es la eclosión, especialmente a comienzos del S.XX, de todo tipo de movimientos artísticos en sus diferentes manifestaciones, liberados de las ataduras conceptuales y figurativas que se les habían impuesto. La abstracción, el surrealismo o la música atonal, son solo algunos ejemplos de ello.
  2. Además de la filosofía de Nietzsche, el pensamiento de la sospecha de Marx y Freud está claramente presente en estas obras de Moore. Las cualidades propias del plano inconsciente que Freud descubrió, aparecen de manera significativa en Promethea y en La cosa del pantano, a través del poder de la imaginación, de lo irracional, de lo inmaterial, de la magia, de la trascendencia. Y la filosofía crítica de Marx, se manifiesta especialmente en la mencionada V de Vendetta, aunque el corte de la obra se ciña más al ámbito del anarquismo, con el que se identifica el propio Moore, que al del marxismo.
  3. Los pensadores de la Escuela de Frankfurt, cuyos inicios se fijan en torno al año 1921, se centran especialmente en el poder de los medios de comunicación (radio, publicidad, televisión, cine), como los principales aliados del sistema capitalista imperante para adormecer las conciencias de la ciudadanía, ofreciendo el disfrute y entretenimiento necesarios para disuadir cualquier atisbo de disidencia o rebelión ante el orden establecido.
  4. Servando Rocha, prólogo a Ángeles Fósiles, de Alan Moore, La Felguera, Madrid, 2014.
  5. Alan Moore, Ángeles Fósiles, La Felguera, Madrid, 2014.
  6. A este respecto, resultan de gran interés los análisis y reflexiones que lleva a cabo en torno al arte W. Benjamin, quien habla de la pérdida del aura del mismo. Incluso aquellas tendencias artísticas de la Vanguardia que huían del orden establecido en aras de un arte libre que defendiera de manera auténtica la creación y el mundo interior del artista, son asumidas por ese sistema del que pretendían apartarse y sometidas a sus normas, a sus leyes de mercado, al poder, bajo una apariencia o ilusión de libertad. El arte pierde su aura y queda despojado de sus raíces, de sus orígenes, de su razón de ser. 
  7. V. Kandinsky, De lo espiritual en el arte, Paidós, Barcelona, 1996.
  8. A. Breton, Primer Manifiesto Surrealista, Argonauta, Argentina, 2001.