miércoles, 28 de septiembre de 2016

Entrevista a Patricia Terino, por Antonio Cuesta (Ediciones Dyskolo)


“Sería pretencioso por mi parte afirmar que la literatura y la filosofía contribuirían a crear un mundo más humano, pero tal vez merezca la pena probar”

La editorial Dyskolo acaba de presentar el libro “Días de bruma”, un relato existencialista en el que la protagonista, Lía Ayuso, trata de retomar su vida en el punto crítico donde arranca la novela. Hoy conversamos con su autora, Patricia Terino, para profundizar en esas relaciones (de amistad, laborales…) y en esas herramientas (la literatura, la filosofía…) con las que Lía va construyendo su experiencia vital.

-Lía vive con un hondo pesar, con angustia existencialista, en todas las facetas de sus relaciones sociales y laborales. Algo que solo mitiga la aparición de Juan Martín. ¿Por qué? ¿Es únicamente el amor o hay otros componentes en este personaje?

Hay una conexión especial desde el primer momento que lo conoce en aquella clase de filosofía, algo impetuoso que la dirige hacia él y que ella no acostumbra a experimentar por su talante racionalista y su tendencia a meditar excesivamente las cuestiones que le incumben. Después de los primeros encuentros sexuales descubre esos otros componentes de los que hablas y que contribuyen a asentar definitivamente la relación, como sus inquietudes artísticas, su madurez ante la vida y los acontecimientos vividos (que solo se atisban superficialmente en la obra y que serán desarrollados de manera más exhaustiva en una futura segunda entrega de la historia) y especialmente su capacidad para entender y amar el complejo mundo interior de Lía.


 
-¿Qué importancia tiene la maternidad en un mundo como el actual?

Cada cual otorga el valor que considere oportuno o que sienta en su interior. Personalmente creo que la maternidad ha sido denostada especialmente en los últimos tiempos por el mundo y el sistema que hemos construido en él, donde no se valora ni apoya la figura de la madre y la importancia de que esta pase los primeros años de vida de sus hijos junto a ellos, puesto que la sociedad nos obliga a separarnos de los mismos a edades cada vez más tempranas en aras de lo que se considera la independencia y la liberación de la mujer en la conquista de nuestros legítimos derechos. Ciertamente se trata de una cuestión compleja, donde feminismo y maternidad parecen conceptos enfrentados. Mi visión y mi experiencia personal me inclinan a defender un feminismo de la igualdad en derechos y oportunidades, donde la maternidad (y la paternidad) juega un papel clave en la transmisión de una serie de principios en torno a la tolerancia, el respeto, la cooperación, la conciencia crítica y todos aquellos valores que contribuyan a construir un mundo diferente al que hoy se nos impone. El modo en que criamos a nuestros hijos (cuando esto se nos permite) determina, entre otros muchos factores, la sociedad del futuro.

-En la novela, la madre de Lía, que ha sido la columna vertebral y la tabla de salvación de la familia, representa el pragmatismo y es la antítesis de los valores de la protagonista. Mientras que su padre, vencido por la vida, está mucho más cerca de Lía, lee todo lo que publica y se siente orgulloso de ella ¿A tu modo de ver es así en la vida real, el sentimentalismo no tiene recursos frente al apabullante mundo que vivimos?

Ciertamente se sitúa en un plano distinto, antagónico incluso, al orden imperante, donde prima solo aquello que reporta beneficios económicos, como se apunta en la novela. Pero el sentimiento, la pasión, la que es auténtica, la que nos enriquece de verdad, la que nos conecta con nosotros mismos, la que nos permite el diálogo interno con lo que somos, es también la que nos salva, como a Lía. Y ello a menudo va acompañado de una visión determinada del mundo, un modo concreto de enfrentarse a él y un estilo de vida distinto al impuesto por el sistema establecido.

-Los libros y la filosofía son para Lía una tabla de salvación y un respaldo de sus valores. ¿En tu caso también es así? ¿Ves la literatura y la filosofía como armazón para un mundo más humano?

Creo que cada cual elige los elementos más idóneos para sí mismo para mitigar los envites del mundo que hemos construido. La literatura y la filosofía especialmente, representan la catarsis que Lía necesita para sobrevivir y enfrentarse a las contradicciones de la realidad. Personalmente, considero a la literatura, el arte o la música, manifestaciones primigenias de lo humano que nos conectan con lo que somos en realidad, con lo que fuimos, y que nos reencuentra con aquella faceta creativa e íntima de nosotros mismos, tan esquilmada en los últimos tiempos (de ahí la importancia concedida en la novela a este ámbito interior). Y en cuanto a la filosofía, tanto para Lía como para mí misma (por lo que hay de biográfico en el personaje), supone no solo un modo de evasión o resistencia como las disciplinas mencionadas anteriormente, sino también una de las vías más auténticas y eficaces para la toma de conciencia acerca del mundo que nos rodea, las relaciones humanas que entablamos y el conocimiento sobre nosotros mismos. Sería pretencioso por mi parte afirmar que la literatura y la filosofía contribuirían a crear un mundo más humano. Pero tal vez merezca la pena probar.

Patricia Terino, autora de "Días de bruma"

 -¿Y el arte? Aparece de la mano de Juan Martín, pero muy en segundo plano, casi oculto, a pesar de la importancia que parece tener en la mente de Lía.

Así es, porque como bien dices, aparece representado en la figura de Juan Martín. Él es el artista, quien complementa a Lía, a su persona y su proyecto vital, que cobra sentido solo después de Juan Martín. Por eso es él quien encarna el concepto de arte, que permanece en la sombra, bajo toda apariencia, como lo que permanece, lo que subyace, como aquello profundamente auténtico que nos constituye.

-En alguna de sus reflexiones Lía llega a decir que “la auténtica filosofía no era la del logos, sino la del arte. La que nos descubre a nosotros mismos, la de lo irracional, la de lo inconsciente, la de lo instintivo”. ¿Estás de acuerdo con ella?

Sí, aunque hay mucho que matizar. Se refiere a un concepto de filosofía más amplio, no adscrito exclusivamente al occidental racionalizante. Incorpora a la filosofía muchos de los aspectos que tradicionalmente han sido marginados por la historia occidental de la misma (lo irracional, lo pasional, lo instintivo, lo imaginativo, etc.), y que empiezan a ser tenidos en consideración especialmente a partir del S.XIX, con la llamada filosofía de la sospecha, encarnada por las figuras de Marx, Nietzsche y Freud, y continúa esta vertiente aperturista a través del arte del S.XX (en todas sus manifestaciones, no solo plásticas: música, literatura, etc.), y de las corrientes de pensamiento como el estructuralismo, el postestructuralismo o la llamada postmodernidad filosófica. Todo ello sin mencionar el amplio abanico filosófico que nos ofrece el pensamiento no occidental, considerado por muchos eruditos en la materia como “no filosofía”, tal como nos enseñaron algunos en la facultad.

-¿A qué canon o corriente literaria incorporarías Días de bruma?

No creo que me corresponda a mí tal tarea de clasificación o ubicación estilística y literaria, pero sí puedo desvelar las influencias más directas que me han llevado a escribir de un modo muy definido y determinado, en un intento por seguir a aquellos que considero maestros de la creación literaria, algunos de cuyos nombres se mencionan a lo largo de la obra como Bukowski, Henry Miller, Fante o Bolaño. Además de otros muchos y muchas de los que aprendo cada día y que cumplen con esa función catárquica y enriquecedora de la que hablábamos, como Dostoyevski, Borges, V. Woolf, Hansum, Becket o Thomas, entre otros muchos.

-Gracias.

Gracias a ti y a la labor que llevas a cabo con tu proyecto editorial.

martes, 20 de septiembre de 2016

martes, 23 de agosto de 2016

Polvo de estrellas - relato

Está muerta. Mi madre. Polvo de estrellas. Es lo que siempre decía. Lo que somos. Lo que fuimos. Lo que seguimos siendo. Cuando todo ha pasado. Cuando ya no queda nada. Salvo nosotros. Como polvo de estrellas. Le gustaba esa expresión. Decía que era poética. Hermosa. Como el mundo. Antes de que fuera como es. Y como nosotros. Como los que somos de verdad. Salía en su primera novela. Lo del polvo de estrellas. Recuerdo cuando se publicó. La primera vez. Yo tenía diez años. La leí. No entendí nada. O solo algunas cosas. Lía Ayuso se parecía a ella. A mi madre. En algunas cosas. La filosofía. Las clases de filosofía. La literatura. La que le gusta a mi madre. Y a mí. Los problemas de sociabilidad. El mundo que la rodea. Su visión de la realidad. Había muchas cosas.

Llego al colegio. Entro en clase. Y les digo a todos que mi madre ha escrito un libro. Y que lo han publicado. Y que mi madre es escritora. A nadie le importa. A mí sí. Otra extravagancia más. Otra rareza. Lo que es mi madre para ellos. Rara. Para la gente del colegio. Para mis amigos del colegio. No es como las otras madres. No tiene sus números de teléfono. No desayuna con ellas. No va a sus fiestas. A algunas sí. Cumpleaños desproporcionados. Semejantes a celebraciones de boda. Recuerdo esas fiestas de cumpleaños. Y mis ganas de encajar. En ese lugar. Con esas amigas. Nunca lo conseguí. Por suerte. Mi madre estaba allí. Incómoda. Por mí. Siempre por mí. Y entonces yo ya no quería que me gustasen las mismas cosas que a aquellas niñas. Ya solo quería ser como mi madre. Y ya no me importaba ser rara. Me gustaba. Igual que ir a conciertos de rock. Y jugar con mi hermano pequeño a cosas de niños pequeños. Y tocar la guitarra con mi padre. Y seguir poniendo los dientes y las muelas bajo la almohada. Y abrir el regalo del ratoncito Pérez por la mañana. Y escribir relatos. Y leérselos a mi madre en voz alta. Es lo que soy. Lo que siempre fui.

Y después ya no hubo más fiestas de cumpleaños con las niñas del colegio. Ya no hubo más miradas. La mirada del otro. Mi madre siempre hablaba de la mirada del otro. La que hace daño. La que duele tanto. La que le dolió tanto durante tanto tiempo. Y después citaba de memoria párrafos enteros de El ser y la nada. La enfermedad de la memoria absoluta. Siempre bromeábamos con eso. Mi padre. Mi hermano. Yo. Lo recordaba todo. Fechas. Lugares. Situaciones. Conversaciones. Gente. Y las palabras de Sartre. Para consolarme. Para explicarme que no soy como los demás. Para enseñarme todo lo que la salvó de esa mirada. Todo lo que la rescató del artificio. Igual que a mí. Pero no fue Sartre. Ni Marx. Ni Freud. Ni los situacionistas. Ni los estructuralistas. Fue ella. Mi madre. Me lo enseñó todo. Lo que debía saber. Lo que quise aprender. Para vivir. Para sobrevivir en el mundo que hemos construido. Para resistir los envites del sistema. De este orden establecido. Para combatir la alienación. La que nos persigue. La que nos atrapa. A todos. En algún momento.

Polvo de estrellas. Una etapa espiritual. Ya no la abandonó. De repente me di cuenta de que algún día me iba a morir. Y mi madre. Y mi padre. Y mi hermano. Y mis abuelos. Y todos a los que quería. Y que ya ninguno de nosotros existiría más. Y me puse a llorar. Y angustia. Y vacío. Y entonces mi madre me habló del polvo de estrellas. Y del eterno retorno. Y del macrocosmos. Y el microcosmos. Y de su conexión. Y de Eros y Tanatos. Y del todo está en todo de Anaxágoras. Y de que la muerte forma parte de la vida. Y al revés. Y habló de nuestros ancestros. Y de los de todos. Y de su cosmovisión. Y de por qué para ellos la muerte no era algo terrible. Como lo es para nosotros. Y le pregunté por el cielo y el infierno del que hablaban mis amigas. Y me dijo que eso era cosa del Dios de mis amigas. Y que ella no creía en el Dios de mis amigas. Ni en el de los abuelos. Es el mismo. Ni en el de la mayoría de la gente. También el mismo. Aunque con distintos nombres. Y me explicó muchas cosas que no entendí bien. Ahora sí. Hace mucho que sí. Y me dijo que forma parte de nosotros llorar por aquello que perdemos. Pero nosotras no nos perderíamos. Nos reencontraríamos en algún lugar inconcebible. En algún estado diferente al que percibimos. En algún momento fuera del tiempo que entendemos. Como polvo de estrellas. Se inventó esa historia para que ya no hubiera más angustia. Ni vacío. Ni llantos. Y entonces dejé de llorar.

Nunca creyó en Dios. Ni en las religiones tradicionales. Las que todos conocen. Las que son el opio del pueblo. Las que oprimen. Las que castigan. Las que imponen. Las que controlan. Las que censuran. Las del poder. Las del miedo. Las del Libro. Las del Juicio Final. Las despreciaba. Me habló de todo eso. Y de por qué la gente cree en ellas. Me decía que todos necesitamos creer en algo. Para que tenga sentido. Tal vez no lo haya. Pero eso no importa. Lo buscamos igual. Existencia auténtica, decía. Como Heidegger. La espera de la muerte. Forma parte de nosotros. De la propia vida. Y volvemos a empezar. En un ciclo sin fin. En una fusión infinita. De todo. Entre todos. Interpretaciones de la realidad. Heidegger. Nietzsche. Heráclito. Epicuro. De las muchas que hay en la historia de la filosofía. Y de la religión. Me las explicó todas. Me quedé con la del polvo de estrellas. Y ella también. No se la creyó hasta el día en que la narró para mí. Como un cuento de hadas. Como algo mágico que cobra vida cuando se nombra. Como la creación. Como el arte. Son la misma cosa. Y ahora forma parte de la realidad que percibimos. De la realidad que creemos. Para que yo no sufriera. Para que no tuviese miedo. Para que creyera en nosotras. En todos nosotros. Para poder vivir. Y morir. Para ser polvo de estrellas. Como ella. Como yo. Como todos. 


Patricia Terino

martes, 7 de junio de 2016

Lidia -Relato


1996. Javi. Era amigo de unos amigos del instituto. Nos conocimos en un día de campo. Nos presentaron. Sus amigos y los míos nos concertaron otro encuentro una semana después. Me gustaba, así que seguí adelante. Salimos durante un par de meses. Después me dejó por mi mejor amiga. No me dijo eso. Solo que no funcionaba. No le dije nada. No pregunté nada. Solo dije que está bien, y que no pasa nada, y me marché.

Una semana después intentó quedar con mi amiga. Le dijo que no. Como siempre. Como a todos a los que gustaba, y con los que se reía, y a los que acariciba el pelo. Todos los que a mí me gustaban y que luego dejaban de hacerlo cuando los veía babear por sus tetas bien colocadas en aquel cuerpo tan pequeño. Lidia. Estuvimos juntas desde 1º de E.G.B. hasta 2º de B.U.P. En la misma clase. Siempre juntas en pupitres contiguos. Recuerdo que en 1º Lidia siempre lloraba. Quería irse con su madre. Eso decía todos los días. Y todos los días que lloraba su madre venía a recogerla y se la llevaba. Don José nunca le reñía. Solo llamaba a su madre y Lidia se marchaba con ella. Otros también lloraron al comienzo del curso. Pero nadie se marchó a su casa. Solo Lidia. Durante todo el año.

A partir de 2º nos hicimos inseparables. Y así fue hasta los dieciséis. A pesar de todo lo que sufría a su lado. Era guapa, y simpática, y le gustaba a todos, y todos la conocían. En el colegio y después en el instituto. Siempre ganaba esos estúpidos concursos de misses que se celebraban por carnaval. Y recibía más cartas que ninguna de nosotras el día de San Valentín en el instituto. Y le gustaba siempre a aquellos que me gustaban a mí. Y los que no me gustaban también la perseguían. Todos. Siempre ella. Siempre la preferían a ella. Y me dejaban por ella. Y Javi me dejó por ella. Como tantos otros por los que yo perdía la cabeza cuando éramos adolescentes, y a los que ella se acercaba especialmente, y se reía con ellos, y les hacía cumplidos, y les acariciaba el pelo, y luego les decía que no saldría con ninguno de ellos. Ninguno de todos esos por los que yo perdía la cabeza cuando era adolescente.

Y yo la quería. Era mi mejor amiga. Desde los siete años. Nunca tuve envidia de ella, extrañamente. Solo me sentía pequeña a su lado, e insignificante, y acomplejada, y absurda, con mis absurdas ideas, y mi timidez, y mi incapacidad para relacionarme con los demás como lo hacía ella. No le tenía envidia. Era cariño, y admiración, y agradecimiento.

En verano pasaba más tiempo en su casa que en la mía. Tenía un cuarto propio, un armario con un espejo enorme, un escritorio, muchos juguetes, aire acondicionado y un ordenador, que vi por primera vez en la realidad, allí, en su casa. Yo compartía habitación con mis hermanos, y hasta la propia cama con mi hermano pequeño hasta que me fui de casa. Mi armario era minúsculo, e igualmente compartido. Y sin espejo. No teníamos escritorio. Siempre hacía los deberes en el salón. No teníamos aire acondicionado. Cada noche sacábamos los colchones de las camas y los colocábamos en el suelo del salón, frente a la terraza. Era menos sofocante que las pequeñas habitaciones con pequeñas ventanas que teníamos. Y en mi casa no hubo ordenador hasta después de que yo me hubiese marchado de allí. 2001. Y entonces me iba a su casa. Y me olvidaba de la mía, y de los problemas de mis padres, y de los gritos, y de los reproches, y de los insultos, que nos despertaban muchas noches. Demasiadas.

Y comía en su casa. Y merendaba helado. Y jugábamos inventándonos interminables historias con las muñecas. Ella tenía muchas. Y muchos vestidos. Y muchos accesorios. Y montábamos una ciudad en su cuarto. Y nos íbamos tarde a la cama. Siempre jugando. Y cuando fuimos más mayores, hablando, y probándonos ropa, y maquillándonos, y escribiendo poemas empalagosos que luego nos leíamos, y bailando frente a su enorme espejo las coreografías que nos inventábamos, y cantando. Lidia tenía una grabadora. Solíamos grabarnos al cantar. Probábamos diferentes voces, y agudos, y formas de armonizar entre las dos. Y después lo escuchábamos, y nos reíamos. Ella cantaba muy bien. Estuvimos en el coro de la iglesia varios años. Siempre le daban todos los solos.

Y después de reirnos, y de haber comido pizza, que nunca había comido en mi casa, y más helado, que tampoco había en mi casa, nos íbamos a la cama. Y seguíamos riendo y hablando más tiempo. Con el aire acondicionado puesto. Y hacía frío. Y me parecía absurdo en pleno verano. Pero me tapaba y dormía agusto. Sin calor. Sin plantearme nada más. Sin discusiones que me despierten en mitad de la noche. Y dormía profundamente.

Hoy la he visto. Han pasado quince años. Teníamos veinte la última vez que  nos vimos. En un cumpleaños de alguien que no recuerdo. Lidia estaba allí. Y nos saludamos. Y charlamos. Y nos contamos cómo nos iba la vida. Yo acababa de independizarme. Con Angie. Alquilamos un piso pequeño en el centro. Ella conocía a Angie. No le gustaba Angie. Fue el primer año de instituto. Ya no pude separarme de ella. De Lidia sí. A los veinte ya no nos unía casi nada. Los recuerdos compartidos, supongo. Hacía tiempo que dejó de gustarme el maquillaje. Y la iglesia y su coro. Y la ropa de marca, fabricada en Asia bajo condiciones infrahumanas. Y la tecnología, que neutraliza nuestra conciencia, en el mejor de los casos. Y el etnocentrismo de nuestra cultura occidental. Y este mundo que hemos construido, que nos aleja de nosotros mismos. Y ahora estaba embarcada por completo en los documentos desclasificados de Chomsky, y en la poesía de Blake, y en el rock de los sesenta, y en los relatos de Bukowski, y en la filosofía. Estaba en tercero por entonces. Mucha filosofía para resistir al mundo real. Y Lidia me miraba. Y pensaba que estaba desequilibrada, supongo. Ya no teníamos nada de qué hablar. Nada que compartir. Un mismo mundo y realidades antagónicas.

Hoy nos hemos saludado. Y hemos charlado. Y nos hemos contado cómo nos iba la vida. La suya era tal como imaginábamos que sería desde que nos conocemos. La mía también, supongo. Se casó con un banquero, hijo de un director de banco. Una boda increíble, me dijo. Sin escatimar en lujos y ostentosidades. Me cuenta que vive en un chalet de trescientos metros. Más cochera. Más jardín. Más piscina. Más patio interior. Más buhardilla. Me cuenta los estúpidos detalles de cada una de las estancias de la casa. Me cuenta que tiene un par de hijos. Que viajan constantemente. Por trabajo y por placer. Que se dedica al asesoramiento de no sé que empresa de inversiones. Que son accionistas de no sé qué historia, de nuevo. En este punto mi mente ya había desconectado. Me enseña fotos de sus hijos. Guapos. Repeinados. Impolutos. Ni siquiera parecen niños.


Me pregunta a mí. Por mi trabajo. Por mi familia. Por cortesía, supongo. No por interés. Como yo no lo tengo por su estúpida vida artificial. Le digo que soy profesora de filosofía. Que he publicado cuatro novelas. Y dos antologías de relatos. Y numerosos artículos de crítica social y política. Y muchos trabajos sobre feminismo, y marxismo, y anarquismo, y seguidores del marxismo y del anarquismo. Y que vivo en el barrio judío de Cáceres. Con un tipo doce años más joven que yo. Y que era mi alumno en segundo de bachillerato. Y que es pintor. Y que ha expuesto su obra en varias galerías de arte con sorprendente e inesperado éxito. Y que no tenemos hijos. Y me dice que se me va a pasar el arroz. Y le digo que no hemos pensado en ello. Y me dice que él es muy joven, claro. Pero yo ya no tanto, y que eso es un problema. Le digo que no tenemos ningún problema. Y que los hijos vendrán cuando queramos y no cuando el sistema nos lo imponga. Y otra vez esa mirada. Igual que hace quince años. Pero más triste. Y resignada. Y atrapada. Ahora ya no me afecta. Ahora puedo mantenerla. Con convicción. Con seguridad. Con tranquilidad. Con paz. Con felicidad. Ella no es feliz. Y sigue pensando que estoy desequilibrada. Y ella no sabe que el desequilibrio es lo único que puede acercarnos a la felicidad. Y la embriaguez del arte, como diría Nietzsche. Y la locura salvadora de la poesía, como Hölderlin. Y la magia de la creación, como Alan Moore, como Borges, como tantos. Para rescatarnos cada día del vacío. Y del constructo. Y del artificio. Y del mundo de mi amiga Lidia. Pero ella no lo sabe.



Patricia Terino





sábado, 4 de junio de 2016

La terapia - Relato

Septiembre de 1986. Comienzo el colegio. 1º de E.G.B. Hay muchos niños. No conozco a nadie. Entra el maestro. Es viejo y da miedo. Muchos están llorando. Yo no. Solo les miro sin saber qué hacer, dónde sentarme, sin preguntar por qué lloran. No recuerdo haber llorado. Mi madre dice que solo lo hacía en la guardería, cuando tenía tres años. Nunca al dejarme allí. Solo a la salida, cuando esperábamos en el patio y veía llegar a mi madre. Tal vez fuera dolor, miedo, o angustia contenida durante las cinco horas que no estaba en casa, con mi madre. O quizás fuera porque volvía a casa. Con la tristeza de mi madre. Con mi hermano recién nacido. Con mi padre, al que apenas veía y del que poco sabía. Solo lo que mi madre contaba de él. No recuerdo haber llorado como dice mi madre. Solo recuerdo el camino hacia aquella guardería cada mañana, que se hacía eterno. Y las rejas marrones. Nada más. No recuerdo nada más. Pero el primer día de colegio sí.

Me senté con una niña. Vanesa. Aún recuerdo su cara. Y a ella. Y la impotencia. Y el llanto contenido. Los primeros de una larga lista. No solo llantos. Contenciones de toda índole. La primera vez que Vanesa me hizo llorar sin llorar fue porque siempre usaba mi goma de borrar. Aún recuerdo los pálpitos acelerados del corazón cuando un día me atreví a preguntar por qué lo hacía. Me dijo que si usaba su propia goma se gastaría. No dije nada más. Aguanté las ganas de llorar y seguí escribiendo las tablas de multiplicar. Siempre las tablas de multiplicar. Una y otra vez sobre el papel. Después las recitábamos. Hasta que no hubiera fallos.

Un día me llevé una muñeca pequeña a clase. Me la había regalado mi abuelo. No era una Barbie. Una burda imitación. Ni siquiera se le parecía. No era guapa. Su vestido parecía diseñado por una puritana de los años cincuenta. Tenía unos pies planos enormes. Pero entonces no percibía nada de eso. Era la muñeca que me había regalado mi abuelo. Y me gustaba cómo era. Con su vestido feo y con sus pies planos. La senté en mi pupitre mientras hacía los deberes. El maestro viejo que daba miedo me la quitó al pasar por delante de mi mesa. Me dijo que al colegio no se traen juguetes. Al colegio se viene a trabajar. Me gritó algunas cosas más que no consigo recordar. La guardó bajo llave en su cajón. Llanto contenido. Demasiados ya para tener solo seis años. No me la devolvió al salir. Mi madre fue a pedírsela al cabo de varios días. Le dio la razón. Me dijo que no se llevan juguetes al colegio.

El maestro viejo que daba miedo se llamaba Don José. Nos hacía rezar el Padrenuestro cada mañana al llegar a clase. No entendía nada. No sabía lo que era aquello, ni si resultaban apropiadas aquellas prácticas religiosas en un colegio público. Solo obedecía. Y aprendí aquella versión antigua del Padrenuestro después de varios días de repeticiones continuas. Nos castigaba constantemente. Nos golpeaba con una palmeta de madera. Nos agredía verbal y físicamente. Humillaciones y tirones de oreja y pelo. En segundo curso lo apartaron de la docencia. Se ha dado de baja por enfermedad, nos dijeron. No volvimos a verle. Aunque seguía siendo nuestro tutor y firmaba nuestros boletines de notas.

Recuerdo que me pegó con la palmeta de madera en una ocasión. Tampoco lloré entonces. Otro día me castigó de pie, de cara a la pared, durante todo el día. Las cinco horas de clase. Y otro día me llamó tonta y estúpida porque tenía la extraña manía de copiar en el cuaderno dos veces seguidas el enunciado del ejercicio.

Ahora tengo que reescribir esos recuerdos. Una versión distinta de todos ellos. Eso dicen en la terapia. Final feliz. O al menos satisfactorio. Sin inhibir las emociones. Ni la agresividad. Especialmente la agresividad. No lo consigo. Ni siquiera la imaginación lo consigue. Ni mi mente adulta. Recreo el escenario y vuelvo a actuar del mismo modo en que lo hice hace treinta años. La misma niña que me quita la goma. El mismo maestro que me grita, y me insulta, y me castiga de cara a la pared durante toda la jornada. Y yo misma conteniendo el llanto. Intentando escapar de ese aula. De esos niños. De ese lugar. De la vida. Como ahora.

Lo intento de nuevo. Otra vez el mismo escenario. La misma clase. El mismo maestro. La misma niña. Me quita mi goma de borrar. Cierro los ojos. Intento sentir lo que sentía entonces. No puedo actuar como quisiera. No puedo gritarle. No puedo pegarle. No puedo recuperar mi goma. Sí puedes, dice mi terapeuta. Hazlo. Y de repente siento la rabia, y la humillación, y las risas, y las burlas, y el llanto contenido. La agarro del brazo. Empiezo a apretarle. Más fuerte. La miro a los ojos. Puede que por primera vez. Le digo que me devuelva mi goma. Y que no vuelva a tocarme, ni a hablarme, ni a mirarme, ni a rozar mi pupitre. Empieza a llorar. Se ha meado encima. Hay un charquito bajo su silla. Sigue llorando. El maestro viejo que da miedo se acerca. Ya no da miedo. Me coge del brazo. Le digo que me suelte. Si me vuelves a poner una mano encima estás muerto, viejo cabrón, le digo. Y le miro fijamente. Y le sigo mirando. Y puedo mantener su mirada de desconcierto. Y entonces me suelta. Y vuelve a su mesa sin decir nada. Y se sienta en su silla. Yo me siento en la mía. Y escribo las tablas de multiplicar. Y Vanesa sigue sollozando con los pantalones empapados.

Abro los ojos. Despierto del estado de seminconsciencia inducido. Solo está Manuel. Enfrente mía. En la sala de la terapia. Ya está hecho, dice. Pero no ha sido real. No es lo que pasó. Solo un ejercicio más de dramatización. Expresión de emociones que tanto cuestan. No importa, dice. De esa mentira se puede descubrir la verdad. Sobre uno mismo. Sobre lo que se es en realidad. Sobre lo que se siente. Sobre lo que duele. Dice que ahora hay que pasar a los asuntos de verdad. Lo de la goma ya está superado. En esa realidad alternativa que acabo de sentir como si fuera auténtica. Cierra los ojos de nuevo, me dice. Y vamos al día en que tu padre se fue de casa.


Patricia Terino

miércoles, 27 de enero de 2016

El escándalo de la crianza natural

Desde la constitución de las nuevas Cortes hemos asistido a un sinfín de comentarios sobre el que parece ser uno de los hechos más sorprendentes e impactantes de este acontecimiento. Y es que es tanta la complejidad de las sociedades modernas y todas sus implicaciones, que nos hemos olvidado de lo que somos, y por eso el hecho de que un bebé acompañe a su madre a su lugar de trabajo se convierte en noticia destacada, o lo que resulta aún más insultante, en un hecho meramente anecdótico, según el enfoque general que ha recibido, trivializando así una realidad que afecta a tantas madres y familias en la actualidad.

La gran mayoría de medios, tertulianos, periodistas y actores políticos han mostrado su desaprobación ante este hecho, hablando de estrategia, de propaganda, de instrumentalización, de espectáculo incluso, con todas sus connotaciones peyorativas incluidas, pero en ningún momento se ha mencionado, ni atisbado siquiera, los beneficios que reporta para un bebé permanecer constantemente junto a su madre, perpetuando el vínculo que se creó entre ambos antes de su nacimiento y reforzándolo a través del contacto permanente, la lactancia a demanda o el colecho, entre otras prácticas habituales en lo que hoy se conoce como crianza natural o crianza con apego.

Este es el nombre con el que en los últimos tiempos hemos designado, no sin cierta redundancia, a la forma de crianza y de vida para la que nos ha programado nuestra naturaleza, igual que al resto de mamíferos, para poder diferenciarlas de otras prácticas, estas sí modernas, como gusta de autoproclamarse nuestra sociedad, dirigidas a instaurar toda una serie de crueles técnicas conductistas, popularizadas en didácticos programas de televisión, abalados por la sabiduría del doctor Estivill. Con ello se persigue, casi de manera enfermiza, la autonomía cada vez más temprana del individuo, incluso desde su nacimiento, forzando contranatura, y por ende modificando, las pautas naturales del sueño, la alimentación, el control de esfínteres e incluso el afecto y el amor.

Algunas de las voces más conocidas de las políticas progresistas y del feminismo que otros muchos y muchas parecen profesar, se han alzado contra este gesto, que independientemente de lo que pueda simbolizar o reivindicar, representa por encima de todo un acto de amor de una madre para con su hijo y en segundo lugar, una elección sobre el modo en que una familia, unos padres, una madre, decide criar a sus hijos, prescindiendo de los servicios que prestan las estupendas guarderías con las que contamos, siempre que las circunstancias lo permitan.

Se ha hablado de un gesto de retroceso para las mujeres por todo lo que hemos conseguido hasta el presente, sobrentendiendo tal vez que el hecho de que los padres y especialmente las madres deban renunciar a la lactancia, a la crianza completa y feliz de sus hijos e hijas o a su acompañamiento y aprendizaje, cada vez a edades más tempranas, durante sus primeros años de vida, supone un avance en nuestra sociedad, una auténtica liberación para la mujer, ahora que la sociedad nos proporciona la posibilidad de que nuestros hijos sean criados por otros, mientras el sistema inventa toda una suerte de sandeces en torno a la educación, como el llamado tiempo de calidad, representando una estrategia más de autojustificación y de disuasión frente a un problema que nuestra sociedad parece ningunear.

Muchos sectores del feminismo de la igualdad han dirigido sus críticas hacia el bando equivocado. La madres que abogan por permanecer con sus hijos en su lugar de trabajo siempre que sea posible, no representan una regresión a tiempos pasados ni un retroceso con respecto a los derechos legítimos conseguidos hasta el momento. Es precisamente la sociedad y el sistema que en ella hemos instaurado, la que ha abandonado a sus madres y no ha sabido comprender, gestionar ni mucho menos solucionar, la ambivalencia emocional a la que se ha obligado a someterse a las mujeres que han luchado y trabajado, no únicamente en su propia persona, sino también a través de las generaciones anteriores de abuelas y bisabuelas, entre ser reconocidas y valoradas en las actividades, motivaciones e intereses que les han sido negados por el sistema patriarcal durante milenios, y la maternidad libre y feliz de la que no todas las mujeres pueden disfrutar en la actualidad.

Es nuestra sociedad la que ha desamparado y desprotegido a las mujeres que deciden vivir la maternidad y la crianza de manera completa, obligándolas a  renunciar a intereses y motivaciones que, como sus hijos, también forman parte de su vida y de su felicidad. Es nuestra sociedad la que no ha comprendido aún el valor de la maternidad, no como competencia exclusiva de la mujer, sino de todos y todas. Es nuestra sociedad la que ha primado intereses de toda índole, despreciando los recursos que habría que destinar para hacer compatible la crianza con el ámbito laboral, siendo imprescindible para ello ampliar extensivamente las bajas por maternidad, los permisos por lactancia, garantizar los puestos de trabajo tras la incorporación, proporcionar guarderías y cuidadores en los lugares de trabajo para que los bebés pueden estar cerca de sus madres y padres durante la jornada laboral, con el fin de  contribuir con estos gestos a cambiar nuestra mentalidad, contaminada en exceso en este ámbito, para que dejen de escandalizarnos hechos como el que comentamos.

Estos recursos no suponen una pérdida, sino más bien una inversión, como gusta de expresarse nuestro sistema, puesto que los bebés felices de hoy, criados en contacto permanente con sus padres y especialmente con sus madres, serán las personas sanas, felices, comprometidas del futuro. Muchos de los problemas del ámbito social (fracaso escolar, delincuencia, falta de empatía, etc.) que asolan nuestro presente, tienen su origen en el desapego cada vez más temprano al que son sometidos los bebés, los niños, nuestros propios hijos, forzados a asumir una separación precoz para la que no están preparados, como no lo hemos estado nunca en nuestra especie.

No se trata de igualdad, concepto que, por otra parte, todos y todas reclamamos en los diferentes ámbitos de la sociedad, sino de comprensión y de compromiso. El único universo posible para un bebé es su madre como principal figura de apego, y ese papel no se puede delegar una vez que decidimos asumirlo. No es un retroceso, es solo escuchar un cada vez más silenciado instinto de protección, de cuidado, de crianza, que debe encontrar su encaje en el mundo que hemos construido y ser compatible con la lucha que las mujeres han mantenido, especialmente desde los dos últimos siglos, por el reconocimiento de la igualdad de derechos y oportunidades en el ámbito laboral, económico, social y cultural, entre otros. La maternidad y el derecho tanto de madres, padres e hijos a practicar la crianza de un modo natural, como nos han hecho olvidar, no es contraria a las reivindicaciones feministas, como parecen defender algunos sectores, sino más bien su aliada, propiciando, a través de los principios y valores que transmitimos a nuestros hijos e hijas, el auténtico viraje hacia la justicia, la igualdad y la solidaridad que buena parte de la sociedad reclama.

Nuestra sociedad debiera velar por que un hecho como este que nos ocupa deje de ser noticia para convertirse en la práctica habitual, deje de ser un privilegio, solo accesible a unas pocas madres y padres y se extienda a la gran mayoría de las familias, deje de ser motivo de crítica por parte incluso de los sectores más progresistas y feministas de nuestro entorno, para representar una oportunidad, una nueva (y ancestral) tendencia o práctica que pueda convertirse en la clave para instaurar un cambio de rumbo en nuestra sociedad.


Patricia Terino


jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Feminismo? en campaña electoral



Son muchos los que en estos tiempos convulsos y especialmente en los últimos días, inmersos en una campaña electoral histórica en nuestro país, hacen gala del feminismo que dicen profesar, o al menos de la defensa de la mujer, de su condición, de los ámbitos en los que se desenvuelve, de sus derechos legítimos que no solo se incumplen reiteradamente, sino que ni tan siquiera son contemplados en muchas ocasiones, con el fin de captar el voto femenino y de intentar sensibilizar a la población con discursos preparados y anclados en la obviedad de los hechos, de las situaciones y de las injusticias perpetuadas y sostenidas por el propio sistema que las creó.

Y aunque los programas electorales de los diferentes partidos incluyen sendos apartados dedicados a la causa feminista, nunca el propio concepto de feminismo y todo lo que él entraña ha sido tan denostado por la superficialidad de la que este adolece en boca de nuestros políticos, quienes al no atender a las raíces históricas, filosóficas y antropológicas del problema, desprenden a lo que se constituyó hace décadas como la segunda ola del movimiento feminista, de su propio origen, de su lucha, de su radicalidad, en el sentido etimológico y más ancestral del término, de su razón de ser, manteniendo dicha cuestión en un permanente desideratum de igualdad efectiva de derechos, oportunidades, trato, relaciones y hasta de la propia dignidad.

Entre las intervenciones políticas más recientes podemos escuchar las declaraciones dirigidas a prometer auténtica protección, así como alternativas habitacionales y económicas a las mujeres víctimas de la violencia machista; otros hablan de ampliaciones (insuficientes) de la baja por maternidad; otros se jactan de abanderar la lucha contra la desigualdad de género, instaurando medidas (de nuevo insuficientes) dirigidas a este fin; otros han tenido durante mucho tiempo la oportunidad de erradicar, mediante las leyes pertinentes, las diferencias injustas entre hombres y mujeres que perduran en el ámbito económico, laboral y social; otros pretenden eliminar el agravante, en términos judiciales, por violencia machista, en aras de la paridad que proclaman, olvidando que el calificativo machista lo referimos a un tipo de violencia muy determinada, aquella que responde a una ideología incrustrada en lo más profundo de nuestra sociedad, manifestando consciente o inconscientemente, la supremacía del hombre sobre la mujer a través de la fuerza física. Por ello, normalmente no se trata de un tipo de violencia generalizada en el agresor, de una actitud o tendencia natural en su carácter, sino de la expresión más terrible de los principios y valores que el sistema patriarcal ha infundido en nosotros y por tanto, así ha de ser reconocida y distinguida jurídicamente.

Es precisamente este concepto, el patriarcado, el gran olvidado en los discursos políticos de los partidos que pretenden erigirse en los grandes conquistadores de la igualdad de género, ignorando por completo el hecho de que tal objetivo resultará meramente ilusorio mientras el orden patriarcal, con todos sus principios de subordinación y jerarquización asociados al mismo, impere en todos los ámbitos de la sociedad y la cultura que hemos construido. Esta cuestión solo mereció una breve mención por parte del candidato de Unidad Popular, Alberto Garzón, en un debate mantenido con el resto de fuerzas políticas, donde en horario de máxima audiencia, pronunció la palabra patriarcado para referirse a la opresión y al sometimiento que en muchos ámbitos de la vida siguen padeciendo las mujeres, a pesar de las conquistas conseguidas.

Pero es insuficiente, y seguirá siéndolo mientras nuestros hijos, nuestros alumnos y las generaciones venideras continúen desconociendo el sentido y el significado de este concepto y todo lo que entraña; mientras nuestros políticos enarbolen la bandera del feminismo traicionando los valores primigenios de este, su capacidad crítica y activa; mientras no incorporen en sus discursos la idea del ya clásico feminismo de la igualdad acerca de la construcción cultural del género; mientras sigan ensalzando a través del concepto corrompido de mujer, todos los valores y aspectos que le han servido a estos milenios de vigencia patriarcal para justificar la supremacía de un sexo sobre otro.

Simone de Beauvoir, máxima exponente del feminismo filosófico, comenzaba la segunda parte de su obra más célebre, El segundo sexo, afirmando que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Yo me permito la licencia de matizar, como lo hizo Beauvoir en algunas ocasiones, que no se nace mujer u hombre en el sistema patriarcal, sino que es este mismo sistema el que nos convierte en tales, según su propio interés y conveniencia, atribuyendo una serie de caracteres, actitudes, roles, tendencias y valores para cada uno de los sexos, convirtiéndolos así en géneros, justificando la subordinación de uno con respecto a otro en base a esas diferencias creadas y construidas de manera artificial.

Pero no escuchamos discursos en los que nos hablen del origen del patriarcado y mucho menos del sistema que le precedió, donde las diferencias entre sexos se reducían a las estrictamente fisiológicas, donde lo masculino y lo femenino, en el sentido más auténtico y ancestral de los términos, se fundían en un mismo ámbito de relación, de respeto, de interacción, donde la figura de la madre se veneraba como pilar fundamental de la comunidad. En lugar de ello, nuestros políticos ofrecen protección a las mujeres agredidas (por otra parte, medida que todos abrazamos) sin profundizar en las causas, sin la educación adecuada, sin conocer nuestra historia y la del sistema imperante, condiciones necesarias para al menos plantear la inversión del orden establecido. Nuestros políticos amplían de manera ridícula la baja por maternidad o proponen que dicho permiso sea intransferible entre madres y padres, lo que en mi caso, siendo votante de Podemos (partido que populariza esta medida), me resulta absolutamente insuficiente cuando el papel de la madre se encuentra más denostado que nunca en nuestras sociedades occidentales.

El paso del matriarcado al patriarcado trajo consigo la opresión y la subordinación a la que fue sometida la mujer; trajo consigo la persecución de aquellas que se resistieron a someterse a los yugos impuestos por el nuevo orden; trajo consigo la tortura y la muerte de aquellas que mantuvieron su vínculo con la naturaleza y con los conocimientos ancestrales, tachándoles de brujas y de herejes; y trajo consigo al propio sistema capitalista, que tal como relata Silvia Federicci en su obra Calibán y la bruja, se ha convertido en el mejor aliado del sistema patriarcal por las propias bases de subordinación, jerarquía, desigualdad y crecimiento infinito a costa de la opresión de la gran mayoría de la población mundial, sobre las que se sustenta el capitalismo. Y el capitalismo acentuó un ya maltrecho concepto de mujer construido por nuestra cultura, al que hemos de enfrentarnos cada día; y nos hizo olvidar lo que una vez fuimos, lo que una vez sentimos; y nos hizo valorar la competitividad, la eficacia, la eficiencia, la astucia, en detrimento de la solidaridad, de la cooperación, del compañerismo y de la propia maternidad, a la que renunciamos, retrasamos o no disfrutamos en aras de la consecución de los objetivos y espectativas que nuestro sistema nos impone y que asumimos consciente o inconscientemente.

Pero ninguno de nuestros políticos hablan de la maternidad en estos términos, ni de su importancia para el propio movimiento feminista, al que parece que todos se suman en período electoral. Ninguno parece concebir el hecho de que una sociedad que respeta, valora, ayuda y cuida a sus madres dará lugar a madres felices que críen felizmente a sus hijos e hijas y los conviertan en los ciudadanos felices del futuro, comprometidos, capaces de construir una sociedad verdaderamente justa e igualitaria, donde los derechos salariales de las mujeres son respetados, así como permisos, excedencias, lactancia, flexibilidad, conciliación, invirtiendo los valores de un sistema injusto que ni siquiera se nombra de modo habitual. La consecución de las reclamas más básicas y pertinentes (e históricas) de la ciudadanía (pan, techo, trabajo y dignidad), pasan por la erradicación en primer lugar del sistema patriarcal, cuyas bases sustentan la larga cadena de injusticias perpetuadas en nuestro mundo.

El feminismo no es, como muchos políticos nos transmiten, buenas intenciones y palabras dirigidas a las mujeres. El feminismo supone lucha, crítica, esfuerzo, toma de conciencia, educación, historia, la historia que no nos suelen contar; es agradecimiento a las que nos precedieron, por lo que consiguieron y por lo que no les permitieron, por su legado y por su ejemplo; y es maternidad libre y con garantías del respeto y el valor que se merece, porque sin esas madres primigenias que amamantaron a sus hijos, que se privaron de alimento para ofrecérselo a sus crías, que huyeron de las fieras con ellos en brazos y les protegieron con su propia vida, que nos legaron su instinto, hoy perdido en buena medida, no estaríamos hoy aquí reclamando a nuestros políticos y a la sociedad la dignidad que un día se nos arrebató y que hemos de recuperar.


Patricia Terino