viernes, 25 de noviembre de 2016

El desafío de la lactancia materna

Respuesta al artículo publicado por Emma Riverola en elperiodico.com


EL DESAFÍO DE LA LACTANCIA MATERNA

Con su desafortunada expresión “¡Con la lactancia hemos topado!” y con las críticas vertidas hacia aquellas madres que no sucumben a las imposiciones y exigencias del sistema, Emma Riverola demuestra no solo un desconocimiento absoluto sobre las necesidades de los bebés y los niños, sino también acerca del ser humano en su totalidad, haciendo un análisis muy superficial de la sociedad en la que este se inserta.


La lactancia materna no supone exclusivamente una serie de ventajas de diversa índole, que incluso la propia escritora reconoce, sino que se trata de una de las cualidades más distintivas y determinantes de nuestra especie, y que como tantas otras, muchos se empeñan en eliminar, en aras de la consecución del progreso y el bienestar que desde el Siglo de las Luces nos han enseñado a defender. Lo que no nos decían en esas historias que G. Vattimo, uno de los pensadores más representativos de la Postmodernidad filosófica, denominó muy acertadamente metarrelatos, es que para lograr esos objetivos tendríamos que renunciar a buena parte de lo que somos, de lo que nos constituye, y que debíamos doblegarnos ante un sistema que denomina progreso a la estructura social más alienada de toda nuestra historia; que califica de emancipación femenina la posibilidad de una entrega y sumisión absoluta al poder constituido en el ámbito laboral, político o social; que llama progreso al hecho asumido por el orden hegemónico imperante de que la economía de mercado, los beneficios y la competitividad permanente priman sobre las personas y su necesidad de ser persona, y no un mero dato en el balance económico anual.

La lactancia materna se convierte en muchas ocasiones, más allá de lo que biológicamente supone, en un signo subversivo del orden constituido, donde las madres que optan por una lactancia prolongada, renunciando o posponiendo sus proyectos en el ámbito laboral, social o personal, son atacadas, entre otros sectores, por el feminismo de la igualdad, que dice ver truncados en esta práctica ancestral, todos sus esfuerzos y triunfos conseguidos en la lucha por la emancipación femenina. Tal vez sea conveniente plantearse si el concepto de emancipación que el orden patriarcal ha instaurado es el mismo que reivindicaban y perseguían nuestras antecesoras, cuya lucha nos otorgó muchos de los derechos de los que ahora disfrutamos y nos ofrecieron los conocimientos de los que disponemos. 




Desde el feminismo sufragista de Mary Wollstonecraft, el liberal de Harriet Tylor Mill, el de la diferencia de Lou Salome, el filosófico de Simone de Beauvoir, el de la eliminación del género de J. Butler o el del ecologismo de V. Shiva, todas estas propuestas y muchas otras de diversa índole nos han hecho más conscientes de lo que somos y de las imposiciones que la mujer ha sufrido a lo largo de nuestra historia. Pero seguir reprimiendo, cohibiendo o renunciando no puede ni debe ser el camino a seguir, ya sea reprimir, cohibir o renunciar a criar a nuestros hijos, a amamantarlos, a su derecho a estar junto a sus padres, a la propia maternidad,  a poder hacer o estudiar lo que no se les permitió a nuestras abuelas, o acceder a esos codiciados puestos de responsabilidad que al parecer todas perseguimos. La auténtica transformación y en este caso, emancipación, pasa  por no tener que renunciar nunca más a lo que somos o queremos ser.

La nueva forma de esclavitud impuesta por el sistema que nos consume no es la lactancia materna o la crianza natural, sino el modelo de emancipación, independencia o liberación que nos han hecho creer que hemos conseguido por el hecho de poder renunciar a la maternidad, o por que nuestros hijos puedan ser criados por otros, o por dedicar jornadas maratonianas a nuestros trabajos y a sus correspondientes puestos directivos, o por tener la oportunidad de vivir en un insatisfactorio consumo permanente para cubrir el vacío creado por las contradicciones y necesidades impuestas por el mundo del progreso que hemos construido. 




Es la sociedad patriarcal que habitamos y su mejor aliado, el capitalismo, según algunas feministas reputadas como Silvia Federici, los que dan la espalda a las mujeres, adoctrinándonos en un concepto de liberación que nada tiene que ver con renunciar a la maternidad ni al modelo ancestral de la misma por el que aún seguimos aquí.

Patricia Terino




lunes, 14 de noviembre de 2016

Évole, el nuevo Chomsky de la televisión

"Podemos seguir pensando en el Tercer Mundo en los términos empleados en la primera planificación del período posterior a la segunda guerra mundial: como la región que ha de cumplir su principal función como fuente de materias primas y como mercado para las sociedades industriales occidentales".

N. Chomsky, El miedo a la democracia, 1991.



"(...) La Comisión Sur señaló que los países más poderosos del Norte se han convertido, de facto, en una junta de gobierno de la economía mundial, protegiendo sus intereses e imponiendo su voluntad en el Sur, donde los gobiernos tienen que afrontar la cólera, e incluso la violencia, de su propio pueblo, cuyos niveles de vida se ven deteriorados por tener que mantener los parámetros con los que opera la economía mundial; es decir, la actual estructura de riqueza y poder".

N. Chomsky, El nuevo orden mundial (y el viejo), 1994.

"En el gran proceso de rehabilitación física, cultural y social de los pueblos del Tercer Mundo que constituye la esencia de la democratización mundial, les han de ser repatriados sus valores y objetos culturales, expropiados por las potencias dominantes mediante el robo y la compra leonina durante el colonialismo y neocolonialismo". 

N. Chomsky - H. Dieterich, La aldea global, 1996.



Todos estos escritos y declaraciones de Chomsky, uno de los filósofos, intelectuales y activistas más relevantes de nuestro tiempo, continúan siendo de total actualidad, a pesar de las más de dos décadas transcurridas desde su publicación. Y ello se debe, por un lado, principalmente, a que tales análisis y denuncias siguen presentes por la falta de resolución ante los problemas y la barbarie que asola el mundo y, por otro lado, estas cuestiones tratadas por Chomsky y otros muchos que han seguido su camino, hoy están más cerca de nosotros gracias a la labor del periodismo comprometido con los grandes males que persisten en la realidad, en un intento por desvelar las claves del funcionamiento real del mundo, sus contradicciones, sus depravaciones y el bien conducido desconocimiento de la ciudadanía sobre ello. 



El conocimiento y la toma de conciencia son elementos decisivos en la transformación social de este mundo que se descompone sin que la gran mayoría lo perciba. Por ello, el análisis y difusión de los entresijos del orden imperante es fundamental para no permanecer impasible, para conocer el origen de nuestro status quo y sus mecanismos de poder y control y para no enarbolar nunca más la bandera de la democracia y la libertad hasta que les sea devuelta la dignidad a tantos como les ha sido arrebatada.

Chomsky, Naomi Klein, Ignacio Ramonet, Dieterich y tantos otros y otras que dedican su vida a desenmascarar el sistema cruel que hemos construido, o al que nos han conducido, están, después de muchos años, en nuestras casas, en horario de máxima audiencia, a través de los temas tratados, de las injusticias expuestas, de los análisis detallados, de las experiencias vividas y contadas y de las consciencias removidas de una vez por todas gracias al trabajo del auténtico periodismo comprometido con las penalidades de nuestro tiempo. 

J. Évole entrevista a N. Klein

Inmigración, refugiados, deslocalización y consecuente macroexplotación laboral, el coltán y su relación con nuestro estilo de vida occidental, las compañías eléctricas, su lucha por el poder hegemónico y su vínculo con los gobiernos, la educación, el medioambiente, la corrupción, las protestas ciudadanas, la voz de los que no solemos oír, y tantas otras cuestiones que rodean nuestra vida sin percibirlo, y todo ello inserto en el sistema que dirige el mundo. Todas ellas estaban en los libros que nos hicieron cambiar nuestra visión del mundo hace tiempo y que la volviese más amarga por la falta de complicidad, y de compromiso, y por ser considerados unos tarados conspiranoicos. Ahora muchos han abandonado también esa concepción edulcorada de la realidad, pero no para revestirla de amargura, sino de esperanza, de lucha, de conciencia, la que ha estado siempre, en todo momento, en todas las épocas, y ahora también. 


Patricia Terino

lunes, 3 de octubre de 2016

Entrevista a Patricia Terino, por Raül Rey

"(...) me quedo con la prosa sencilla y profunda a la vez de Bukowski, con la reflexiones vitales de Miller, con la belleza estilística de Fante, con el existencialismo de Dostoyevski (...)"


Bukowski escribía muchas veces libros autobiográficos. Resulta inevitable ver coincidencias entre la biografía de Lía Ayuso y tu propia biografía. ¿Cuánto hay de casualidad y cuánto de pretendido? ¿Se trata de un juego poético o de una necesidad de expresión?
Ciertamente hay muchos acontecimientos y experiencias personales que me han ayudado a conformar el personaje de Lía. Muchas de esas vivencias me han servido de inspiración para construir la ficción que se desarrolla en la obra, plasmando en la protagonista muchos aspectos de mi propio mundo interior, mis inquitudes, ideología, temores y ese tono amargo que define a Lía en muchas ocasiones motivado por los problemas internos del ser humano actual y de su mundo.
Creo que el juego poético al que te refieres y la necesidad de expresión van de la mano en este caso. Los recursos empleados, así como el estilo concreto de narración y el ritmo resultante de ello me han proporcionando las claves para transmitir una parte de lo que yo misma soy, como en todo acto de creación.

¿Qué conexión existe entre la protagonista y tú, en su modo de ver el mundo y de enfrentarse a él, en su manera de sentir?
Existen muchas coincidencias entre ambas en lo que a intereses, inquitudes o aspectos ideológicos se refiere. La filosofía, la literatura, el arte, la música o la conciencia crítica representan tanto para Lía como para mí misma un modo de afrontar las contradicciones que nos rodean y las situaciones que conforman el mundo real. El personaje refleja una buena parte de lo que yo misma soy, aunque en ella muchos de los problemas internos que se atisban en su modo de proceder o en las reflexiones que lleva a cabo, están más acentuados (o eso me gustaría pensar).
Lía me ha ayudado a expresar mis propias emociones, a sanar viejas heridas y a resolver antiguos conflictos, cumpliendo así con uno de los cometidos fundamentales en la creación de un alter ego que nos permita reencontrarnos con nosotros mismos.
Explícanos cómo fue el proceso de creación de una novela tan breve y, sin embargo, tan intensa.
En principio no estaba concebida para ser una novela, sino un conjunto de relatos, cuyo personaje principal en todos ellos era Lía Ayuso. Finalmente los conformé y amplié de modo que integrasen una obra unitaria en la que cobrasen sentido cada uno de los acontecimientos y situaciones que se narran. Y para ello me pareció fundamental expresar los cambios vitales que experimenta la protagonista a partir de su encuentro con Juan Martin. Desde su aparición, este personaje se convierte en la clave de la evolución existencial de Lía, independientemente de los acontecimientos futuros, pues ella queda marcada por una nueva mirada hacia el mundo, hacia las relaciones personales y hacia sí misma.
Mi intención ha sido mostrar el camino recorrido por el personaje, valiéndome de un lenguaje y un estilo muy concretos con los que me siento cómoda para poder expresar la coherencia entre el punto de partida y el final en el viaje que supone nuestra existencia, centrándome en un momento determinado de la misma.
El estilo utiliza oraciones sencillas y contundentes. De hecho, gracias a esa sencillez y brevedad se logra esa contundencia y esa belleza, donde cada pequeño elemento, cada palabra, tiene una relevancia mayúscula. ¿Te has basado en algún autor que admires, en alguna novela en particular?
A lo largo de la obra se mencionan los nombres de algunos de los escritores y pensadores que han marcado el camino de Lía y, por ende, el mío propio, por lo que acompaña de autobiográfico al personaje.
Me resultaría francamente difícil escoger solo a uno de ellos o selecionar una única obra como guía o fuente de inspiración. Por eso me quedo con la prosa sencilla y profunda a la vez de Bukowski, con la reflexiones vitales de Miller, con la belleza estilística de Fante, con el existencialismo de Dostoyevski, el tono tragicómico de Kafka, los recursos y las siempre inspiradas historias de Bolaño, el realismo bien hecho, transmitido y sentido de Rulfo, los monólogos poéticos de Virginia Woolf, la superdotación narrativa de Borges, la poesía épica de Blake, Beckett, Whitman, y tantos otros escritores y pensadores que me emocionan, me sorprenden, me enseñan y me reportan tanta satisfacción.
Patricia Terino, autora de "Días de bruma"
Lía Ayuso se ve atrapada en una sociedad que no comprende, a pesar de estudiar Filosofía, y a la que prácticamente renuncia. Bajo tu punto de vista, y como profesora y licenciada en Filosofía, ¿cómo crees que afecta esta sociedad al individuo?
Esta es una de las grandes cuestiones de nuestro tiempo y tiene tantas respuestas como enfoques existenciales y filosóficos existen. Personalmente, me adhiero a la perspectiva crítica que desarrollan los llamados pensadores de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud) y a las corrientes de pensamiento que continuaron en esta línea, como la Escuela de Frankfurt especialmente, el existencialismo de Sartre y Simone de Beauvoir, el estructuralismo o la postmodernidad filosófica, entre otras, cuyo análisis incide en el carácter artificial del mundo actual y en las consecuencias inmediatas de ello sobre nosotros.
Esto a grandes rasgos se traduce en la pérdida de identidad en una civilización homogeneizada como la nuestra (Sloterdijk), la domesticación de la conciencia en un mundo concebido para el crecimiento infinito a través del consumo exacerbado (Marcuse), la deshumanización a la que nos dirige, entre otras cosas, el impacto de la tecnología sobre nuestro mundo interior al anular el encuentro con nosotros mismos (Mander, Foucault) o la huida de lo que somos y su inmediato encubrimiento a través del acertado concepto filosófico de máscara (Vattimo).
Ante esta visión desanlentadora de la realidad, se hace imprescindible acudir a aquellos mecanismos que nos ayuden a afrontar el mundo y a transformarlo. Y en este caso, me quedo con Holderlin y la luz que aporta a nuestra existencia su conocida sentencia “donde hay peligro, crece lo que nos salva”.
Raül Rey
Fuente: http://andaluciaaldia.es/dias-bruma-una-novela-sencilla-hermosa-veces-dura-siempre-intensa

sábado, 1 de octubre de 2016

Reseña de "Días de bruma", por Raül Rey

"Cuesta mirar el mundo de la misma manera cuando has leído Días de bruma".



Es raro, sucede en contadas ocasiones, pero uno puede escribir un buen poema por casualidad, quizá no un poema magistral, pero sí aceptable, del mismo modo que alguien sin talento podría escribir una buena escena de teatro, o por lo menos una funcional, o incluso alguien poco ducho en la narrativa podría escribir un relato correcto. Pero no es la casualidad la que escribe un buen poemario, una buena obra de teatro o una buena novela. Por eso sorprende Días de bruma, porque Patricia Terino, una autora novel, ha logrado dotarla de una coherencia estética y narrativa muy sólida, sin fisuras.

Cuando la gente me cuenta que una novela es entretenida suele sorprenderme, porque generalmente hacen alusión a productos que a mí particularmente me aburren mucho. Me refiero a obras con una trama muy compleja, enrevesada y al final sorprendente, pero cuyo estilo es insulso, y lo mejor que podríamos decir de él es que es correcto, que los verbos concuerdan adecuadamente con sus sujetos y que los signos de puntuación no estorban (esto después de haber pasado por correctores que se encargan de que esto sea así). Sin embargo, a mí me encantan las novelas en las que apenas sucede nada ni falta que hace, porque escribir es un arte verbal y lo importante de estos títulos es la belleza de sus palabras, de las que podemos extraer la esencia del ser humano.


Pongamos, solo por citar algunos casos, cualquier título de Javier Marías, los relatos de Borges, Los pasos perdidos de Carpentier, las novelas de Bukowski, Tokio ya no nos quiere de Ray Loriga, y las novelas cortas Pedro Páramo de Juan Rulfo y La hojarasca de García Márquez. Días de bruma es, como todas ellas, sencilla y hermosa, a veces dura y siempre intensa. Rescata ciertas características del realismo sucio, propio del citado Bukowski, al que Patricia Terino admira, y del mencionado libro de Loriga. Pero es un realismo sucio que nunca pierde la poeticidad, a pesar de que no la persigue, no fuerza palabras para que adornen, no pretende descubrirnos ninguna verdad, y sin embargo toda la novela está llena de verdades sobre el ser humano, la sociedad, la soledad, la dificultad para comunicarnos unos con otros.
Y todo con un estilo sencillo, oraciones breves, contundentes, que permiten al lector adentrarse en el universo interior de la protagonista casi sin darse cuenta, casi sin querer. Y lo mejor de esta pequeña gran novela es que cuando terminas de leerla te deja un gusto agradable y extraño, porque inevitablemente has empatizado muchísimo con la protagonista, la has acompañado a través de su breve biografía, y te ha transformado en algo distinto. Cuesta mirar el mundo de la misma manera cuando has leído Días de bruma.
Raül Rey

Fuente: http://andaluciaaldia.es/dias-bruma-una-novela-sencilla-hermosa-veces-dura-siempre-intensa

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Entrevista a Patricia Terino, por Antonio Cuesta (Ediciones Dyskolo)


“Sería pretencioso por mi parte afirmar que la literatura y la filosofía contribuirían a crear un mundo más humano, pero tal vez merezca la pena probar”

La editorial Dyskolo acaba de presentar el libro “Días de bruma”, un relato existencialista en el que la protagonista, Lía Ayuso, trata de retomar su vida en el punto crítico donde arranca la novela. Hoy conversamos con su autora, Patricia Terino, para profundizar en esas relaciones (de amistad, laborales…) y en esas herramientas (la literatura, la filosofía…) con las que Lía va construyendo su experiencia vital.

-Lía vive con un hondo pesar, con angustia existencialista, en todas las facetas de sus relaciones sociales y laborales. Algo que solo mitiga la aparición de Juan Martín. ¿Por qué? ¿Es únicamente el amor o hay otros componentes en este personaje?

Hay una conexión especial desde el primer momento que lo conoce en aquella clase de filosofía, algo impetuoso que la dirige hacia él y que ella no acostumbra a experimentar por su talante racionalista y su tendencia a meditar excesivamente las cuestiones que le incumben. Después de los primeros encuentros sexuales descubre esos otros componentes de los que hablas y que contribuyen a asentar definitivamente la relación, como sus inquietudes artísticas, su madurez ante la vida y los acontecimientos vividos (que solo se atisban superficialmente en la obra y que serán desarrollados de manera más exhaustiva en una futura segunda entrega de la historia) y especialmente su capacidad para entender y amar el complejo mundo interior de Lía.


 
-¿Qué importancia tiene la maternidad en un mundo como el actual?

Cada cual otorga el valor que considere oportuno o que sienta en su interior. Personalmente creo que la maternidad ha sido denostada especialmente en los últimos tiempos por el mundo y el sistema que hemos construido en él, donde no se valora ni apoya la figura de la madre y la importancia de que esta pase los primeros años de vida de sus hijos junto a ellos, puesto que la sociedad nos obliga a separarnos de los mismos a edades cada vez más tempranas en aras de lo que se considera la independencia y la liberación de la mujer en la conquista de nuestros legítimos derechos. Ciertamente se trata de una cuestión compleja, donde feminismo y maternidad parecen conceptos enfrentados. Mi visión y mi experiencia personal me inclinan a defender un feminismo de la igualdad en derechos y oportunidades, donde la maternidad (y la paternidad) juega un papel clave en la transmisión de una serie de principios en torno a la tolerancia, el respeto, la cooperación, la conciencia crítica y todos aquellos valores que contribuyan a construir un mundo diferente al que hoy se nos impone. El modo en que criamos a nuestros hijos (cuando esto se nos permite) determina, entre otros muchos factores, la sociedad del futuro.

-En la novela, la madre de Lía, que ha sido la columna vertebral y la tabla de salvación de la familia, representa el pragmatismo y es la antítesis de los valores de la protagonista. Mientras que su padre, vencido por la vida, está mucho más cerca de Lía, lee todo lo que publica y se siente orgulloso de ella ¿A tu modo de ver es así en la vida real, el sentimentalismo no tiene recursos frente al apabullante mundo que vivimos?

Ciertamente se sitúa en un plano distinto, antagónico incluso, al orden imperante, donde prima solo aquello que reporta beneficios económicos, como se apunta en la novela. Pero el sentimiento, la pasión, la que es auténtica, la que nos enriquece de verdad, la que nos conecta con nosotros mismos, la que nos permite el diálogo interno con lo que somos, es también la que nos salva, como a Lía. Y ello a menudo va acompañado de una visión determinada del mundo, un modo concreto de enfrentarse a él y un estilo de vida distinto al impuesto por el sistema establecido.

-Los libros y la filosofía son para Lía una tabla de salvación y un respaldo de sus valores. ¿En tu caso también es así? ¿Ves la literatura y la filosofía como armazón para un mundo más humano?

Creo que cada cual elige los elementos más idóneos para sí mismo para mitigar los envites del mundo que hemos construido. La literatura y la filosofía especialmente, representan la catarsis que Lía necesita para sobrevivir y enfrentarse a las contradicciones de la realidad. Personalmente, considero a la literatura, el arte o la música, manifestaciones primigenias de lo humano que nos conectan con lo que somos en realidad, con lo que fuimos, y que nos reencuentra con aquella faceta creativa e íntima de nosotros mismos, tan esquilmada en los últimos tiempos (de ahí la importancia concedida en la novela a este ámbito interior). Y en cuanto a la filosofía, tanto para Lía como para mí misma (por lo que hay de biográfico en el personaje), supone no solo un modo de evasión o resistencia como las disciplinas mencionadas anteriormente, sino también una de las vías más auténticas y eficaces para la toma de conciencia acerca del mundo que nos rodea, las relaciones humanas que entablamos y el conocimiento sobre nosotros mismos. Sería pretencioso por mi parte afirmar que la literatura y la filosofía contribuirían a crear un mundo más humano. Pero tal vez merezca la pena probar.

Patricia Terino, autora de "Días de bruma"

 -¿Y el arte? Aparece de la mano de Juan Martín, pero muy en segundo plano, casi oculto, a pesar de la importancia que parece tener en la mente de Lía.

Así es, porque como bien dices, aparece representado en la figura de Juan Martín. Él es el artista, quien complementa a Lía, a su persona y su proyecto vital, que cobra sentido solo después de Juan Martín. Por eso es él quien encarna el concepto de arte, que permanece en la sombra, bajo toda apariencia, como lo que permanece, lo que subyace, como aquello profundamente auténtico que nos constituye.

-En alguna de sus reflexiones Lía llega a decir que “la auténtica filosofía no era la del logos, sino la del arte. La que nos descubre a nosotros mismos, la de lo irracional, la de lo inconsciente, la de lo instintivo”. ¿Estás de acuerdo con ella?

Sí, aunque hay mucho que matizar. Se refiere a un concepto de filosofía más amplio, no adscrito exclusivamente al occidental racionalizante. Incorpora a la filosofía muchos de los aspectos que tradicionalmente han sido marginados por la historia occidental de la misma (lo irracional, lo pasional, lo instintivo, lo imaginativo, etc.), y que empiezan a ser tenidos en consideración especialmente a partir del S.XIX, con la llamada filosofía de la sospecha, encarnada por las figuras de Marx, Nietzsche y Freud, y continúa esta vertiente aperturista a través del arte del S.XX (en todas sus manifestaciones, no solo plásticas: música, literatura, etc.), y de las corrientes de pensamiento como el estructuralismo, el postestructuralismo o la llamada postmodernidad filosófica. Todo ello sin mencionar el amplio abanico filosófico que nos ofrece el pensamiento no occidental, considerado por muchos eruditos en la materia como “no filosofía”, tal como nos enseñaron algunos en la facultad.

-¿A qué canon o corriente literaria incorporarías Días de bruma?

No creo que me corresponda a mí tal tarea de clasificación o ubicación estilística y literaria, pero sí puedo desvelar las influencias más directas que me han llevado a escribir de un modo muy definido y determinado, en un intento por seguir a aquellos que considero maestros de la creación literaria, algunos de cuyos nombres se mencionan a lo largo de la obra como Bukowski, Henry Miller, Fante o Bolaño. Además de otros muchos y muchas de los que aprendo cada día y que cumplen con esa función catárquica y enriquecedora de la que hablábamos, como Dostoyevski, Borges, V. Woolf, Hansum, Becket o Thomas, entre otros muchos.

-Gracias.

Gracias a ti y a la labor que llevas a cabo con tu proyecto editorial.

Fuente: http://dyskolo.tumblr.com/post/151016730616/ser%C3%ADa-pretencioso-por-mi-parte-afirmar-que-la

martes, 20 de septiembre de 2016

martes, 23 de agosto de 2016

Polvo de estrellas - relato

Está muerta. Mi madre. Polvo de estrellas. Es lo que siempre decía. Lo que somos. Lo que fuimos. Lo que seguimos siendo. Cuando todo ha pasado. Cuando ya no queda nada. Salvo nosotros. Como polvo de estrellas. Le gustaba esa expresión. Decía que era poética. Hermosa. Como el mundo. Antes de que fuera como es. Y como nosotros. Como los que somos de verdad. Salía en su primera novela. Lo del polvo de estrellas. Recuerdo cuando se publicó. La primera vez. Yo tenía diez años. La leí. No entendí nada. O solo algunas cosas. Lía Ayuso se parecía a ella. A mi madre. En algunas cosas. La filosofía. Las clases de filosofía. La literatura. La que le gusta a mi madre. Y a mí. Los problemas de sociabilidad. El mundo que la rodea. Su visión de la realidad. Había muchas cosas.

Llego al colegio. Entro en clase. Y les digo a todos que mi madre ha escrito un libro. Y que lo han publicado. Y que mi madre es escritora. A nadie le importa. A mí sí. Otra extravagancia más. Otra rareza. Lo que es mi madre para ellos. Rara. Para la gente del colegio. Para mis amigos del colegio. No es como las otras madres. No tiene sus números de teléfono. No desayuna con ellas. No va a sus fiestas. A algunas sí. Cumpleaños desproporcionados. Semejantes a celebraciones de boda. Recuerdo esas fiestas de cumpleaños. Y mis ganas de encajar. En ese lugar. Con esas amigas. Nunca lo conseguí. Por suerte. Mi madre estaba allí. Incómoda. Por mí. Siempre por mí. Y entonces yo ya no quería que me gustasen las mismas cosas que a aquellas niñas. Ya solo quería ser como mi madre. Y ya no me importaba ser rara. Me gustaba. Igual que ir a conciertos de rock. Y jugar con mi hermano pequeño a cosas de niños pequeños. Y tocar la guitarra con mi padre. Y seguir poniendo los dientes y las muelas bajo la almohada. Y abrir el regalo del ratoncito Pérez por la mañana. Y escribir relatos. Y leérselos a mi madre en voz alta. Es lo que soy. Lo que siempre fui.

Y después ya no hubo más fiestas de cumpleaños con las niñas del colegio. Ya no hubo más miradas. La mirada del otro. Mi madre siempre hablaba de la mirada del otro. La que hace daño. La que duele tanto. La que le dolió tanto durante tanto tiempo. Y después citaba de memoria párrafos enteros de El ser y la nada. La enfermedad de la memoria absoluta. Siempre bromeábamos con eso. Mi padre. Mi hermano. Yo. Lo recordaba todo. Fechas. Lugares. Situaciones. Conversaciones. Gente. Y las palabras de Sartre. Para consolarme. Para explicarme que no soy como los demás. Para enseñarme todo lo que la salvó de esa mirada. Todo lo que la rescató del artificio. Igual que a mí. Pero no fue Sartre. Ni Marx. Ni Freud. Ni los situacionistas. Ni los estructuralistas. Fue ella. Mi madre. Me lo enseñó todo. Lo que debía saber. Lo que quise aprender. Para vivir. Para sobrevivir en el mundo que hemos construido. Para resistir los envites del sistema. De este orden establecido. Para combatir la alienación. La que nos persigue. La que nos atrapa. A todos. En algún momento.

Polvo de estrellas. Una etapa espiritual. Ya no la abandonó. De repente me di cuenta de que algún día me iba a morir. Y mi madre. Y mi padre. Y mi hermano. Y mis abuelos. Y todos a los que quería. Y que ya ninguno de nosotros existiría más. Y me puse a llorar. Y angustia. Y vacío. Y entonces mi madre me habló del polvo de estrellas. Y del eterno retorno. Y del macrocosmos. Y el microcosmos. Y de su conexión. Y de Eros y Tanatos. Y del todo está en todo de Anaxágoras. Y de que la muerte forma parte de la vida. Y al revés. Y habló de nuestros ancestros. Y de los de todos. Y de su cosmovisión. Y de por qué para ellos la muerte no era algo terrible. Como lo es para nosotros. Y le pregunté por el cielo y el infierno del que hablaban mis amigas. Y me dijo que eso era cosa del Dios de mis amigas. Y que ella no creía en el Dios de mis amigas. Ni en el de los abuelos. Es el mismo. Ni en el de la mayoría de la gente. También el mismo. Aunque con distintos nombres. Y me explicó muchas cosas que no entendí bien. Ahora sí. Hace mucho que sí. Y me dijo que forma parte de nosotros llorar por aquello que perdemos. Pero nosotras no nos perderíamos. Nos reencontraríamos en algún lugar inconcebible. En algún estado diferente al que percibimos. En algún momento fuera del tiempo que entendemos. Como polvo de estrellas. Se inventó esa historia para que ya no hubiera más angustia. Ni vacío. Ni llantos. Y entonces dejé de llorar.

Nunca creyó en Dios. Ni en las religiones tradicionales. Las que todos conocen. Las que son el opio del pueblo. Las que oprimen. Las que castigan. Las que imponen. Las que controlan. Las que censuran. Las del poder. Las del miedo. Las del Libro. Las del Juicio Final. Las despreciaba. Me habló de todo eso. Y de por qué la gente cree en ellas. Me decía que todos necesitamos creer en algo. Para que tenga sentido. Tal vez no lo haya. Pero eso no importa. Lo buscamos igual. Existencia auténtica, decía. Como Heidegger. La espera de la muerte. Forma parte de nosotros. De la propia vida. Y volvemos a empezar. En un ciclo sin fin. En una fusión infinita. De todo. Entre todos. Interpretaciones de la realidad. Heidegger. Nietzsche. Heráclito. Epicuro. De las muchas que hay en la historia de la filosofía. Y de la religión. Me las explicó todas. Me quedé con la del polvo de estrellas. Y ella también. No se la creyó hasta el día en que la narró para mí. Como un cuento de hadas. Como algo mágico que cobra vida cuando se nombra. Como la creación. Como el arte. Son la misma cosa. Y ahora forma parte de la realidad que percibimos. De la realidad que creemos. Para que yo no sufriera. Para que no tuviese miedo. Para que creyera en nosotras. En todos nosotros. Para poder vivir. Y morir. Para ser polvo de estrellas. Como ella. Como yo. Como todos. 


Patricia Terino